El humorista y creador de contenido acaba de publicar «La vida no es un juego», un relato autobiográfico sobre la adicción a las apuestas y sobre el tortuoso camino para salir con éxito de ese pozo
11 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.El humorista Santiago Caamaño Pérez (Muros, 1993), que con su alter ego Champi Muros acumula más de un millón de seguidores en las redes sociales, viene de publicar La vida no es un juego, un descarnado relato autobiográfico en el que desgrana su caída en el pozo de las apuestas —con intento de suicidio incluido— y también su resurrección. Una vida nueva como exitoso creador de contenido que aprovecha su alcance, sobre todo entre los jóvenes, para posicionarse radicalmente en contra de la industria del juego. El próximo día 21, a partir de las 18.30 horas, estará firmando ejemplares en el Centro Comercial Marineda.
—¿Cómo es eso de aprender a leer en un cementerio?
—Mis padres descubrieron en el cementerio que sabía leer, por las lápidas, pero aprender, aprendí con los cromos de fútbol, de conocer las caras de los jugadores, los nombres y enlazando.
—Tiene otras anécdotas de esa precocidad ¿Por qué no acabó de concursante televisivo?
—Sí, además, curiosamente, parecía que estaba prediciendo mi futuro. Se llamaba ¿Qué apostamos? Era un programa que presentaba Ramón García, que además era mi presentador favorito de pequeño con el Gran Prix y con ¿Qué apostamos? Yo creo que alguien de mi familia puso un poco de cordura y dijo, vale, vamos a frenar, que está guay, pero tampoco vamos a hacer ahora de aquí del niño un circo.
—Era precisamente con el fútbol y los cromos.
—Efectivamente, las alineaciones de primera y segunda división. Todas las alineaciones titulares de todos los equipos. Me las sabía de memoria, en base a los cromos. Bueno, y a ver partidos también. Incluso leía el periódico. Venían los turistas al bar de mi tío y yo siempre estaba ahí con el periódico. Decían: «Mira que simpático ahí el niño con el periódico. Y de repente yo decía: «Ha marcado un gol ayer, tal». Y entonces flipaban: «¿Cómo? ¡Ah, que sabe leer.
—¿Esa precocidad y el diagnostico de altas capacidades, en qué medida pueden ser un lastre?
—Lo es, efectivamente. Tú tienes esa humildad y quieres ser como el resto, pero sabes que igual en ciertos aspectos estás por encima de la media. Sobre todo cuando eres pequeño y, dentro de la normalidad, ya destacas la gente te señala. Tienes que aprender para que eso no sea motivo de bullying para ti y tú tampoco hacer un desprecio a nadie. Hay que vivir con ello, pero yo creo que ya desde pequeño mi cabeza ya funcionó a un por diez. A día de hoy me hace que pienso las cosas mucho más, le doy vueltas a todo.
—¿Esa capacidad genera también frustración, la idea de que nunca te esfuerzas lo suficiente?
—Totalmente. Yo, de hecho, siempre apliqué la ley del mínimo esfuerzo, la comodidad. No estudiaba para los exámenes. Nunca me esforcé. En parte, porque yo sabía que así, sin esforzarme, estaba más o menos a la altura de la media y yo quería ser uno más. Nunca quise destacar. Claro, una vez que te acostumbras a no estudiar, cuando llegas a la universidad y quieres estudiar, ya no sabes ni como estar diez minutos mirando para un libro.
—¿Existe la adicción sin mentira?
—No, yo creo que no, porque al final tu vida, cuando eres un adicto, seas adicto a lo que sea, se convierte en una mentira. Una adicción es vergonzante cuando estás en medio de ella, no cuando estás en recuperación, tú realmente sabes que no estás haciendo las cosas bien y entonces no quieres que la gente vea ni normalice tus comportamientos. Entonces, tu normalidad es a la sombra de todo el mundo.
—Llega a hablar de algo así como el «orgullo de mentir bien».
—Efectivamente. Te agobias tanto pensando en cómo salir del paso que cuando sales tienes la sensación de ser un auténtico genio, de decir: ¡Buah, salí de aquí! Se la acabo de colar a todos. Y, después, también es verdad que convivir con la mentira se normaliza. Al final te conviertes en un mentiroso y ya mientes en cosas que no tienen nada que ver con eso. La mentira te hace ser un mentiroso y eso es jodido después. Yo ahora tengo fobia a las mentiras, no soy capaz de mentir en nada.
—¿Cómo puede saber su familia que ahora no le está mintiendo?
—No lo saben, ese es el problema, que no lo saben y no lo van a saber nunca. Yo cuando estoy bien sé que estoy bien y guay, pero mi familia nunca va a saber si estoy bien. Eso yo creo que le va a pesar toda la vida porque mis recaídas fueron en momentos de estar muy bien también. Entonces, siempre van a vivir con ese miedo. Aunque cada vez se pueda normalizar más siempre va a estar ahí.
—Se tienen que fiar a ciegas después de las hostias que llevaron.
—Efectivamente. Además hubo recaídas muy normales. Me refiero, de momentos que yo estaba como ahora, pero estaba jugando y se enteraron después cuando saltó un poco la liebre. Por eso dicen ellos: «Pero si tú cuando estabas recayendo estabas como estás ahora».
—¿Qué llegaste a hacer para conseguir dinero para jugar?
—Llegué a robar en mi trabajo, en varios de los trabajos. Llegué a pensar en dar tirones de bolso. Llegué a pensar en apuntarme a la piscina para robar en las taquillas, que eso no llegué a ejecutarlo, pero yo creo que llegado el momento lo podría hacer. Ahí es cuando ves que haces cosas que no harías nunca. Ahí es cuando te preocupas porque es como si dejaras de conocerte a ti mismo. Es como: «¿Yo sería capaz de tirarle a una señora del bolso?». Pues lo llegué a pensar. No lo hice, pero llegué a pensar. Eso te asusta porque es como si cuando estás en medio de la adición de una recaída, dejaras de ser tú.
—¿De qué se habla entre los adictos en esas casas de apuestas que define como «la oficina»?
—Es curioso. En las conversaciones que hay es como que intentas aparentar con la gente que está ahí que lo que está haciendo es normal. Como que buscas esa complicidad. Tú sabes que estás liándola, pero como hay gente que está haciendo lo mismo que tú, pues como que te autoconvences. «Bueno, pues yo voy a parar que por hoy ya llega». «Mañana igual no vengo porque ya creo que me estoy pasando...» Y él te dice lo mismo, pero realmente estáis ahí todo el día. Creo que intentas buscar con esa gente esa complicidad, o normalizar una situación que sabes que no es normal.
—Nunca llegas a empatizar del todo. No te ves como ellos.
—Es curioso. Nunca quedas con nadie de allí fuera de allí. Es un sitio tabú. Si vas por la calle casi ni te saludas, ¿sabes? Es algo vergonzante, realmente, y tú quieres tapárselo a tu gente. Muchos de ellos están en la misma tesitura, entonces sí que es un poco una situación un poco curiosa.
—La situación más extrema de todas la vivió en un acantilado de Arteixo, ¿por qué no aceleró?
—Cuando el coche iba caminando antes de frenar, yo creo que en todo momento sabía que iba a frenar. En mi cabeza, fue como que tienes el ángel y el demonio, que es como si fueran dos personajes a la vez. Creo que el demonio en vez de querer matarse lo que quería era asustarme, como: «Asústate a ti mismo. Mira que ya estás a punto de acabar con tu vida». Lo que me tranquiliza de este tema es eso, que yo creo que en todo momento sabía que iba a frenar.
—No estaba buscando llamar la atención o que le hiciesen caso.
—Nadie me está viendo y nadie lo supo. Esto lo conté años después. Ni al psicólogo cuando fui llorando le conté lo que me acababa de pasar. Fue algo que me parece muy fuerte. A día de hoy, se me pone la piel de gallina [muestra el vello del brazo izquierdo erizado] hablando de ello.
—¿No hay un riesgo de cambiar esa dopamina de las apuestas por la de los «likes»? ¿Cómo lo gestiona?
—Yo intento humanizar al personaje y que se vea todo lo contrario a lo habitual: que se vea que en las redes sociales se puede subir que la cagas, se puede subir que la cagaste, se puede subir que estás mal. En ese sentido, mi personaje hace mucho lo contrario a lo que es, en general, el influencer de las redes sociales. Esa necesidad continua de mostrar que eres feliz, de mostrar que estás en un sitio pasándolo guay, de ir de vacaciones, de esa foto perfecta en el sitio perfecto, con esa sonrisa que si no te gusta como estás sonriendo vuelves a grabar... Pues yo al contrario. Creo que ahí sí que lo normalizo. Si me pillan haciendo algo jodido y me extorsionan, pues yo lo comento. Recaí, pues lo cuento y creo que eso también humaniza. Se ve que las redes sociales sirven para más que para el postureo, porque yo creo que a día de hoy las redes sociales hacen muchísimo daño. Generan muchas frustración. Hay gente que no tiene seguidores y piensa que la gente que tiene muchos es completamente feliz, las 24 horas del día, y eso no es verdad.
—Habla de la «angustia del influencer». ¿Cómo es ese miedo a perderlo todo? ¿Se siente un impostor?
—Yo vivo continuamente como si esto fuera pasajero. Fui capaz de tratarlo como algo que me tocó vivir y que estoy disfrutando mientras voy abriendo otros caminos. Ahora mismo, pues monté la parrillada, monté otra empresa de foodtracks, con lo que próximamente saldrá la Champineta. Escribí el libro... Tengo siempre varios frentes abiertos porque yo cuando me veo dentro de diez años, nunca me veo grabando vídeos. Creo que eso es positivo para a la hora de que si esto se acaba no llevar la hostia. También trabajo mucho con la psicóloga esto de estar preparado para una posible caída, que no sería ninguna locura. Además, descubrí hace el síndrome del impostor. No sabía lo que era y yo lo tengo pero al 100 %. Para mí todos: la gente que yo sigo, la gente que está en el humor de las redes... al 90% los veo como mucho mejores que yo. Pero bueno, al final sí que es verdad que ves los vídeos, ves los números, los comentarios y sientes: «La gente me quiere, le gusto, le estoy llegando. Pero siempre que veo un vídeo de alguien siento que es mejor.
—¿Cómo gestiona el odio de las redes? ¿Afecta aunque tengas muchos seguidores?
—Duele, y sigue doliendo. Lo gestiono, lo trabajo. Lo llevaba peor de lo que lo llevo, pero ahora estoy en un punto que prácticamente no leo los comentarios de los vídeos. Leo los primeros diez minutos así a ver cómo va relacionado la gente, pero dejé de leer los comentarios y me rompo menos la cabeza. De verdad que los leía a todos, intentaba contestar a todos, incluso he hablado por privado con gente que me insultaba. He mandado un privado para pedir explicaciones de por qué me insultaban. Pero al final descubres que existe el odio visceral, el odio porque sí, el odio gratuito que no tiene ningún tipo de razón y hay que convivir con ello. Hay gente que odia porque sí, y punto. No te va a dar una explicación porque no la tiene. Me tiene pasado con muchísima gente que me insulta. Le contesto cualquier cosa y me dicen: «¡Hostia, jajaja, qué grande eres!, pensé que no ibas a contestar». Para ellos es su logro que tú le contestes: «Lo insulté, me contestó. Mira, Champi Muros me contestó».
—¿Cómo de reales sintió las amenazas por exponer a la industria del juego?
—Hubo un momento muy puntual que tuve muchísimo miedo. Me llamaron por teléfono y me dijeron el nombre de mi hermano, la parada en la que cogía el autobús y la hora. Me dijeron: «Deja de tocar los cojones que sabemos que tu hermano [entonces tenía cinco años], se llama X, coge el autobús y va a este colegio. Ese día sí sentí verdadero terror. No se lo conté a nadie tampoco. Dejé de subir cosas, no volví a subir nada en el tema que tenía en Twitter, pero ese día sentí la amenaza como muy real: que pongo un tuit y matan a mi hermano. Ahora con perspectiva dices: «Igual fue cualquier gilipollas para acojonar». Fui a la Guardia Civil y me dijeron que denunciara pero quedó en nada la cosa. Esa llamada a mi me dio pánico. Si su objetivo era darme miedo, lo consiguieron.
—¿Por qué una persona que gana 10.000 euros al mes con las redes abre una parrillada?
—Hay dos partes. Una es el impulso. Fue pasar por el lado, verlo cerrado, llamar y al día siguiente tener el contrato firmado. Fue un impulso en este caso concreto pero sí que es algo que yo tenía en mente, y es bonito. No estoy trabajando más que los fines de semana dentro de la barra, pero sí que echo aquí horas y horas porque quiero que mi vida se haga aquí alrededor de donde yo nací que era mi objetivo. Yo le preguntaba a mi madre: «¿Qué tengo que estudiar para vivir aquí?». La gente se iba toda para fuera y yo creo que lo conseguí. Aquí voy a echar mis raíces, mis cimientos y seguir para comprar una casa. Mi objetivo es este. Hay gente que quiere ir para Andorra para pagar menos impuestos. ¿A qué precio?