En la víspera del 8M, conmemorábamos el viernes los avances de las mujeres en los últimos 50 años. Esta cifra redonda nos permite mirar atrás para analizar resultados, pero también para reflexionar sobre los retos de un futuro que parece amenazarlo todo. Trumpistas victoriosos, oligarcas comprando el mundo y talibanes prohibiendo el sonido de nuestra voz no es precisamente un escenario fácil.
Pero estamos preparadas. La resiliencia es definitoria del feminismo y por eso les diría a quienes sueñan con despolitizarnos y sacarnos de cualquier operación que nuestra salud es razonablemente buena. Seguimos juntas y conscientes de cada trampa que nos coloca el patriarcado. Combatimos el esencialismo biológico, porque ser mujer no puede limitar nuestras expectativas, pero también luchamos contra el constructivismo que alimenta los más ridículos estereotipos sexistas. Y si no lo vemos, es que nada aprendimos de lo que la tercera ola denunció, demostrando que la base de la desigualdad en el ejercicio del poder radica en las estructuras sociales, esas a cuyos cambios tanto temen.
Somos abolicionistas. Es imposible ser feminista y no tratar de abolir la prostitución o los vientres de alquiler, formas de apropiación milenaria del cuerpo de las mujeres. En España se consumen cinco millones de euros al día en prostitución que, además, se incluyen en el cálculo del PIB; los cuidados no remunerados, no. Si a la ecuación sumamos el dinero de la pornografía, actual puerta de entrada de las más jóvenes a la prostitución, hablamos de cantidades más altas que las que mueven drogas y armas. Así que no, esto no va de elegir, idea que trasladan quienes financian. Tampoco va de defender el uso del velo, símbolo de opresión que pretenden camuflar bajo el paraguas de una diversidad necesaria y perversamente aprovechada.
El feminismo debe huir de causas individuales y centrarse en la agenda global contra quienes planifican cuidadosamente nuestra división. Nos querían obedientes y así nos tuvieron. Pero hoy me complace decir que hemos aprendido y nos hemos cuidado mientras alcanzábamos niveles de libertad e igualdad impensables hace 50 años. Y aunque han quedado secuelas, aquí estamos. Defendiendo el bienestar, nuestros derechos y cuidando la democracia, como siempre.