Héctor Salvador: «Soy un yonqui del mar»

SOCIEDAD

El primer español en descender a más de 10.700 metros de profundidad opina que los pulpos son demasiado inteligentes como para comérselos

11 jun 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

El primer contacto con Héctor Salvador (Lugo, 1983) ya fue singular: «Ahora no puedo atenderle porque me acaba de llegar un submarino en un contenedor». Héctor es un lucense que trabajó en la Agencial Espacial Europea y un día decidió pilotar sumergibles. Ahora fabrica algunos de los más sofisticados del mundo y es ya el primer español en descender a una de las simas más profundas del océano: el abismo de la Sirena.

-¿En qué está ahora?

-Estamos construyendo un sumergible de investigación que bajará a 3.200 metros de profundidad con tres personas en un casco de presión totalmente transparente, de metacrilato. El más grueso jamás construido. El metacrilato desaparece ópticamente en cuanto te sumerges y eso permite filmar con una calidad cinematográfica.

-Como descender en una burbuja transparente.

-Esa es la grandeza de este material. Directamente te olvidas de que hay una barrera entre tú y el medio marino. Es algo casi surreal.

-Si el capitán Nemo levantara la cabeza...

-Encargaría uno como este para ir a Rande. A este solo le falta el órgano.

-Pero son ingenios pequeños, ¿no?

-En nuestro caso intentamos minimizar el peso en la grúa. Se podría instalar hasta casi en megayates. Antes eran vehículos que pesaban hasta 100 toneladas. Ahora son más compactos y pesan desde dos toneladas. Esto nos ha permitido popularizar la plataforma y colocarla en todo tipo de barcos.

-En abril bajó usted al abismo de la Sirena. Cuatro horas y media cayendo a plomo. ¿De verdad no sintió algo de miedo?

-Hubo un momento al principio de la inmersión en el que me pregunté: «¿Dónde me estoy metiendo?». Sobre todo porque sabes que, si algo sale mal, estás muy lejos de cualquier posibilidad de rescate. Algo parecido, supongo, a lo que sentían los primeros astronautas. Pero la confianza en el vehículo es absoluta y en ese sentido no tienes ningún miedo, aunque en la mar siempre puede haber imprevistos.

-Lo que seguro que no tiene es claustrofobia.

-Es lo único que no se podría tener en nuestro sector. Por lo demás, no hace falta ningún tipo de condición física para viajar en nuestros sumergibles. En los transparentes, más que claustrofobia, puedes sentir vértigo, porque te ves colgando en medio del océano. Pero el que baja a las Marianas solo tiene tres ojos de buey en un diámetro de un metro y medio donde están dos personas y todos los equipos.

-Usted disfrutó de la inmersión.

-Exacto. Para mí era una oportunidad después de estar años trabajando en este proyecto, soñando en pilotar yo mismo el vehículo. Fue muy satisfactorio, porque conozco cada componente del vehículo y es una sensación muy agradable ver que al final te está cuidando en un entorno tan hostil, donde hay una presión externa de más de una tonelada por centímetro cuadrado.

-¿Cuándo llegó abajo, tuvo alguna sensación especial?

-Por un lado, te das cuenta de lo pequeños que somos. El Everest son ocho kilómetros, la fosa de las Marianas, casi once. Es realmente sobrecogedor. Por otro lado sentí como que el océano nos había dejado llegar hasta ese punto, porque la mar es quien finalmente decide. Y nos permitió acceder hasta uno de sus rincones más sagrados, algo que solo una decena de personas han conseguido en toda la historia de la Humanidad.

-Y además lo hizo en un vehículo que usted mismo contribuyó a diseñar y construir.

-Yo empecé mi carrera en la Agencia Espacial Europea, donde los proyectos requieren de miles de personas y muchos años para que lo pruebe un astronauta que igual ni siquiera ha sido seleccionado. Este sumergible tuvo un desarrollo de cuatro años en un grupo de 30 personas, que somos en la empresa. Es una sensación muy chula, pensar que lo he diseñado, lo he montado y está funcionando como estaba previsto.

-¿Se llevó algún amuleto?

-Até con una brida mi anillo de boda al exterior del vehículo. Así que el anillo estuvo en el punto más profundo del planeta, con una presión enorme y volvió. Un símbolo pequeño.

-Su mujer se emocionaría.

-Bueno, me dijo que podía haberlo perdido.

-Ja, ja. ¿No se encontraría alguna lata o un plástico en el fondo?

-Yo no vi plásticos, pero sí las marcas que dejan los plásticos en el sedimento. Y cables que dejaron misiones no tripuladas que estuvieron antes que nosotros. Es triste pero sí que había residuos de la actividad humana.

-De todo lo que ha visto en sus inmersiones, ¿qué es lo que más le ha sorprendido?

-Yo no soy biólogo, pero cada vez que bajo me encuentro con unas especies que me sorprenden. Muchas son nuevas. Descubrimos entre cuatro o cinco especies nuevas cada vez que bajamos. Es sobrecogedor ver como hay todo un ecosistema que habita estas profundidades. Y aquí entra la gran pregunta: ¿son especies que se han formado arriba y se han adaptado al fondo o es el fondo el origen de la vida?

-Vive en Barcelona.

-Sí, desde hace cuatro años. Yo me fui de Lugo cuando tenía 17 años. Estudié en Madrid, me fui a Holanda y luego nos vinimos a Barcelona.

-¿Regresa de vez en cuando?

-Siempre que puedo. Dos o tres veces al año, a visitar a la familia.

-¿De dónde le vino esto de los sumergibles?

-Por una causalidad de la vida conocí en París al hijo pequeño de Cousteau, que se ofreció a enseñarme a bucear. Y como decía el propio Cousteau, una vez que el mar te echa su hechizo es imposible escapar de él. De aquella trabajaba en la Agencia Espacial Europea y estábamos construyendo un hábitat submarino para entrenar astronautas y una de las empresas involucradas buscaba un piloto de sumergibles. Me presenté, me formaron y llevo diez años como piloto.

-¿Le interesa más lo que hay abajo o el reto de llegar hasta allí?

-Mi pasión es la exploración. De pequeño te dicen que el planeta se ha acabado y que lo único que queda por explorar es el espacio. Y me chocó darme cuenta de que dos tercios del planeta están cubiertos de agua y conocemos muy poco sobre ello. Ni siquiera tenemos un mapa topográfico del fondo de los océanos. Los tenemos de Marte o de la Luna, pero de los océanos, no. Saber que hay tanto por explorar es lo que me motiva.

-Salgamos del agua. ¿Celta o Deportivo?

-No me gusta nada el fútbol... Ponga Lugo, para no parecer tan aburrido.

-Hágase una pequeña autodefinición.

-Soy un apasionado de la exploración.

-¿Cocina algo?

-Tortilla o churrasco, pero no creo que eso se pueda definir como afición a la cocina.

-¿Y le gusta comer?

-¡Hombre, que soy gallego! El comer es uno de los placeres de la vida.

-¿Tampoco cuece el pulpo? Siendo de Lugo...

-El pulpo es uno de los animales más inteligentes y más interesantes que hay. Y pese a que soy de Lugo, estoy en contra de comer pulpo. (No sé si me quitarán la nacionalidad gallega por esto).

-¿Ha visto la película «Lo que el pulpo me enseñó»?

-Se la recomiendo. Yo celebré mi despedida de soltero con una inmersión en la ría de Vigo. Estaba también el hijo de Cousteau y una sepia se quedó a nuestro lado mirándonos durante casi media hora. Cousteau me dijo que había sido la inmersión más trascendental que había atenido en su vida. Cuando conoces a estos animales te das cuenta de que es impresionante que nos estemos comiendo animales tan inteligentes. Si la ve, se planteará lo de comer pulpo.

-Pues entonces no la veré ¿Sus aficiones también están relacionadas con el mar?

-Sí. Soy un yonqui del mar. Vuelvo a casa después de estar un mes embarcado y lo primero que hago es ir a la playa a ver el mar. Ahora mi hobby es la restauración de embarcaciones tradicionales. Me he traído una dorna de Galicia y la estoy recuperando a ratos libres.

-¿Tiene un lugar favorito?

-La ría de Arousa. Es uno de los lugares más mágicos del planeta.

-Dígame un canción.

-Starway to Heaven, de Led Zeppelin.

-¿Lo más importante en la vida?

-Perseguir tus sueños. Solo nos arrepentimos de las oportunidades que no aprovechamos.