La ciudad minera fantasma

Los Andes enmarcan la mayor explotación subterránea de cobre del mundo


Bogotá

Los imponentes Andes chilenos son un tesoro para viajeros de medio mundo. Sus majestuosas montañas y su agreste clima esconden joyas como Sewell, máximo exponente de las antiguas ciudadelas mineras, originada hace más de un siglo y uno de los epicentros del despegue del país como potencia de la industria extractiva.

Su historia comienza en 1904. El Gobierno chileno de la época autorizó a la compañía estadounidense Braden Copper a explotar la mina de El Teniente, situada a unos 150 kilómetros de Santiago de Chile, que todavía es la mayor explotación subterránea de cobre del mundo, con más de 3.000 kilómetros de galerías.

Los norteamericanos trasladaron a territorio chileno a sus mejores ingenieros y comenzaron rápidamente a erigir una ciudadela sobre el Cerro Negro, sin calles, ni carreteras. Los vehículos no podrían transitar por las escarpadas laderas, así que los edificios fueron organizados en torno a una escalera central, que pronto sirvió como punto de encuentro público y centro neurálgico del lugar.

Así surgió la «ciudad de las escaleras», como se conoce al enclave, declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco en el 2006. Al menos un centenar de edificios multicolores fueron erigidos en torno a las pasarelas, y el lugar fue dotado de servicios hasta entonces inéditos en el país.

En Sewell fue inaugurado, en 1919, uno de los hospitales más modernos y mejor equipados de Sudamérica, opacando a centros de ciudades como Buenos Aires, Río de Janeiro o Montevideo.

La ciudad fue también sede de la primera bolera de Chile. Tenía asimismo su propio parque de bomberos, un palacio de deportes, tres grandes escuelas industriales, una moderna piscina climatizada, una pista de baloncesto que podía convertirse en ring de boxeo y varios clubes sociales.

En su época de máxima expansión, durante la primera parte de los años 60, Sewell llegó a contar 15.000 vecinos repartidos en 175.000 metros cuadrados de edificaciones.

Todos convivían bajo estrictas reglas morales, regidas por las autoridades dispuestas por la empresa minera. Los ingenieros y empleados estadounidenses vivían separados de los trabajadores chilenos. También eran separados solteros y casados. Imperó la ley seca, como en los EE.UU. de los años 20, y no se permitían las parejas de hecho. Todos los servicios, eso sí, eran gratuitos, y Sewell atrajo a un buen número de trabajadores por beneficios como vivienda y salud gratuita.

El peor accidente

El lugar fue un emblema de la minería. No solo de su poderío, sino también de las tragedias que sacuden a la industria. La mina El Teniente fue escenario, en 1945, del considerado como mayor accidente minero de la historia. Al menos 355 mineros perdieron la vida por asfixia, y 747 resultaron heridos, cuando una explosión en la bodega de la mina provocó un incendio que generó un gran volumen de humo.

Sewell comenzó a entrar en decadencia en los 60, cuando la empresa decidió que mantener el emplazamiento era muy costoso y comenzó a recolocar a los trabajadores en la localidad de Rancagua. La chilenización del cobre iniciada por el presidente Eduardo Frei, ampliada en 1971 por la Administración de Salvador Allende, que nacionalizó el cobre y se hizo con el 51 % de las acciones de Braden Copper, fue la puntilla para el lugar.

En los primeros años 80 se demolió parte del emplazamiento, pero medio centenar de edificios, entre ellos los más representativos, sobrevivieron a la criba.

Hoy Sewell es propiedad de Codelco, la minera nacional chilena, que todavía explota el lugar, y se podrá volver a visitar cuando se aplaque la pandemia de coronavirus, mediante tours guiados desde Santiago o Rancagua. La visita incluye la entrada a un museo minero erigido en un lugar ya mítico para el sector.

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