El escondrijo del rey Alfonso VII

San Xián de Moraime (Muxía) es la joya de la arquitectura y la historia de la Costa da Morte. Allí escondió el conde de Traba al niño que luego sería el rey Alfonso VII para mantenerlo a salvo de su padrastro


Muxía es un lugar bendecido por la naturaleza, rico en leyendas por mar y por tierra, pero también en historias de peso. Y San Xián de Moraime es uno de esos espacios en los que los siglos fueron dejando un poso profundo. Aquí están los pilares del cristianismo del Finisterrae atlántico. Cada edad fue dejando su sello, en parte cubierto de tierra y de olvido. De una villa romana se conservan restos estructurales y materiales. La necrópolis de tumbas del siglo VI al VIII está pendiente de una excavación. Y luego llegó el monasterio benedictino: fue abadía y priorato, y ahora es iglesia parroquial, una joya del románico rural gallego del siglo XII, de planta basilical, y en la que trabajaron canteros que antes pasaron por los andamios del gran templo de Compostela. Es como la pequeña catedral de la Costa da Morte.

Moraime habla de hechos de película. En 1105 el monasterio fue arrasado por los normandos, y diez años después lo atacaron los musulmanes de Alí-Ben-Meinón. En 1119 lo reconstruyeron. Pero la gloria de este enclave se debe a que en sus celdas escondió Pedro Froilaz, conde de Traba, al niño Alfonso, que luego sería Alfonso VII de León y de Castilla y V de Galicia. Su madre Urraca I quiso ponerlo a salvo de su segundo marido, Alfonso de Aragón, el Batallador, para evitarle a este la tentación de sacrificarlo para garantizar que su dinastía contase a la hora de sucederle en la corona.

Precisamente, Alfonso VII haría grandes donaciones en 1119 para la reconstrucción del monasterio. Así vino el esplendor religioso y económico del cenobio. Aquí ya llegaban peregrinos en el medievo. Ahora continúan haciéndolo en su paso hacia Muxía; de hecho, la rectoral es hoy un espacio de alojamiento.

En 1972 fue declarado bien de interés cultural, y el arqueólogo Chamoso Lamas realizó ese año una excavación que dejó al descubierto numerosos vestigios de su pasado. Muchos quedaron esparcidos y olvidados por los alrededores. Hubo expolios. Desapareció la antigua lámpara del presbiterio. Tampoco se sabe dónde está una estela romana levantada en 1972. En los 60, Carmen Polo se encaprichó de dos pilas que llevaban ocho siglos en el templo y se supone que están en Meirás. Las reclamó el Concello, sin resultado.

Uno de los grandes valores de la iglesia son sus pórticos. El del lateral sur, que estuvo tapiado hasta 1978, está esculpido por dentro y por fuera. En el exterior se ve una última cena con solo ocho comensales, y en el interior, un Agnus Dei de gran relevancia iconográfica.

Moraime es un museo en sí mismo. Hace tres años restauraron los frescos góticos de su muro norte. Representan los pecados capitales, las virtudes y la muerte. Un enorme lienzo pétreo de 14 metros de largo por cuatro de alto. Ahora se puede ver con nitidez la lujuria cabalgando sobre un cerdo, los espejos de la vanidad o una mujer de mala vida y un clérigo pedigüeño tratando de recoger las monedas del saco de la avaricia. «A pedra é tan boa que pintaron directamente sobre ela», dijo en su día Uxía Aguiar, restauradora.

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