Por quién doblan las campanas

Ramón Pernas
Ramón Pernas CORONAVIRUS

SOCIEDAD

Pepa Losada

09 abr 2020 . Actualizado a las 14:53 h.

Le pido prestado el título a Hemingway para encabezar este artículo en una Semana Santa sin procesiones en una ciudad como la nuestra llena de silencio, huérfana del bullicio ruidoso de otras semanas de pasión en donde no se había clausurado la vida.

Solo la lluvia pertinaz e insolente de otros años nos había impedido participar, como público o como actores, en los desfiles que recorrían nuestras calles procesionando estampas de los últimos días de la vida y muerte de Cristo.

Quienes nacimos en esta esquina del norte llevamos en nuestro código genético impreso los días que transcurren entre el domingo de Ramos y el de Resurrección, que son las fechas simbólicas, icónicas, de una mocedad lejana que ha ido envejeciendo con nosotros.

Yo tengo escrito en mi memoria, enmarcado en mi personal álbum de los recuerdos mas queridos, el paso de la santa cena, tallado por un carpintero de ribeira que cinceló con afiladas gubias, en madera mariñana los rostros, las manos y los pies de doce apóstoles marineros que se sientan a la mesa del jueves santo con Jesús presidiéndola.

Lucen galas de terciopelo que pone a la tarde el toque multicolor de unas imágenes “de vestir” en las que el cuerpo de cada uno de los protagonistas es un ingenuo armazón de madera. Cuánto los voy echar de menos este año, en que desde mi casa madrileña podré recordar a Judas apóstol con su pequeña bolsa de la traición colgada de su mano.

Otro año será, como va a ser, si Dios quiere, que asista en la plaza mayor a la primera caída de Cristo caminando hacia el calvario y que contemple como su madre, mi amada virgen del dolor, enjuga sus lágrimas, por obra y gracia de un mecanismo teatral articulado que maneja una persona situada debajo del anda que porta a la Señora.

La emoción de un niño

Y debo confesar que cada mañana del viernes santo me emociono del mismo modo que cuando era niño y acudía con mis padres a la escenificación del Encuentro bíblico. Pero este año nada será igual la corona de espinas que lleva Jesús sobre su cabeza es un virus que recorre el mundo con su guadaña sembrando España de dolor y de muerte. Es una interminable semana de pasión que nos devuelve al auténtico sentimiento trágico de la vida y nos obliga a realizar una reflexión acerca de la fragilidad y la finitud del hombre, mientras se repiten las secuencias de las dos pestes medievales que asolaron Europa, o la mas cercana gripe “española” de principios del pasado siglo que provocó trescientos mil muertos en España.

No hemos avanzado lo suficiente para desde el siglo veinte y uno poder combatir con eficacia el mal que está diezmando Occidente. Y lo escribimos desde el corazón mismo de un mundo en donde habíamos instalado el bienestar colectivo. Volveremos a empezar a reconstruir el mundo como era antes, y va a ser mas pronto, así lo deseo, que tarde.

Pero esta Semana Santa viveirense no podré escuchar la algarabía del las bandas de cornetas y tambores que dan paso a los desfiles procesionales, y todas las procesiones que imaginar pueda, serán las del silencio, serán siempre “os caladiños” que recorrerá las calles de mi pueblo en reconocimiento y homenaje a los que se han ido para siempre fulminados por la muerte que habita el virus maldito.

Y volveré a escuchar las campanas del hosanna universal del domingo de Ramos y palmas, y oiré como doblan la campanas en la mañana del viernes santo cuando Jesús cae por tercera vez en el atrio de santa María, y cuando me pregunte reflexivo por quién doblan las campanas, responderé como el poeta inglés John Donne que las campanas doblan por mí, y en esta ocasión por todos nosotros.

* Ramón Pernas, escritor y periodista de Viveiro.