Tapas de callos contra el coronavirus

Antonio Amenedo, cocinero del pazo de Santa Cruz de Mondoi, es ahora «El callero solitario» y ya llevó raciones de callos a los profesionales del Chuac y a los sintecho del pabellón de Riazor. cabalar efe


A Antonio Amenedo lo conocemos como El cocinero del pazo (el de Santa Cruz de Mondoi). Ahora, debido a la crisis del coronavirus, cambió el sobrenombre por el de «El callero solitario», comenta sonriente. Es un loco de los callos. De hacerlos y de comerlos. De esos que no perdona la tapa dominical suceda lo que suceda. De los que es capaz de hacer los kilómetros que haga falta para probarlos. «Aunque tenga una boda para 300 personas un domingo busco un hueco para tomarlos», asegura.

Estos días, muchos amigos le pidieron la receta para practicar en casa y, de paso, entretenerse un poco. «Empecé a pasarles los ingredientes y hasta grabé un vídeo explicando todos los detalles paso a paso. De repente se me encendió la bombilla. Hablé con una médico de urgencias y le pregunté si sería posible llevarles unos callos. No sabía qué iba a contestar pero me dijo que por supuesto, que encantados», recuerda.

En la tartera más grande que encontró en el pazo preparó las raciones más especiales de su vida. Al llegar en su coche al hospital cuatro profesionales sanitarios vestidos con los equipos reglamentarios de protección fueron a recoger el sabroso cargamento. Me quedo con la frase que dijo uno de ellos: «parece que es domingo», comentó uno de esos héroes que desde hace semanas no sabe en qué día vive. Antonio pensó «algo he hecho bien», pero su cabeza no paraba de dar vueltas como un garbanzo en la tartera. Habló con dos de sus proveedores, Embutidos Lalinense y Makro, para pedirles apoyo en esta causa, tapas de callos contra el coronavirus. «Me dieron carta blanca y me puse a trabajar en la siguiente entrega», relata.

El aplauso de su vida

Este coruñés, con más amigos que recetas, tiene dos características muy definidas, es un culo inquieto y le apasiona la cocina. El confinamiento y la cocina del pazo cerrada son imposibles de soportar para él. Logró hablar con la alcaldesa, e Inés Rey le puso en contacto con Yoya Neira, concejala de Servicios Sociales. Con el visto bueno del Ayuntamiento las segundas raciones de callos solidarios fueron para las personas sintecho que ahora mismo se refugian de la vida y del virus en el palacio de los deportes de Riazor. «Cuando les pregunté si les habían gustado y empezaron a aplaudir me emocioné más que en cualquier boda en la que haya cocinado en mi vida», confiesa. El callero solitario ya prepara la siguiente misión. Con un corazón más grande que la olla que utiliza para prepararlos, conseguirá que más personas disfruten de los callos dominicales.

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