La edad constituye un factor de riesgo para ocho mil vilagarcianos

La Cruz Roja busca voluntarios para su servicio diario de llamadas a mayores de toda la comarca que viven solos


vilagarcía / la voz

Los datos hechos públicos por el Ministerio de Sanidad esta semana radiografían la forma estadística en la que el coronavirus está golpeando en España. De acuerdo con ellos, prácticamente la mitad de los casos confirmados, un 47,8 %, corresponden a personas con más de sesenta años. Y, lo que resulta más preocupante, el 95 % de los fallecimientos relacionados con la infección se sitúan en este tramo de la población. La edad, en definitiva, constituye un factor de riesgo fundamental frente a la amenaza del COVID-19. Algo especialmente relevante en una sociedad tan envejecida como la gallega. Vilagarcía no es una excepción. A finales del año pasado, el padrón municipal indicaba que 8.103 vilagarcianos (4.658 mujeres y 3.445 hombres) superaban los 65 años. Uno de cada cuatro vecinos, en definitiva, que están expuestos a una mayor vulnerabilidad. De ellos, 1.711 vivían en soledad, una cifra que no para de crecer. 

Cada persona es un universo, que sus circunstancias convierten en una realidad todavía más refractaria a las generalizaciones. No todo el mundo necesita una atención específica, por muy mayor que sea o muy solo que viva, pero del trabajo de los servicios municipales y las oenegés operativas en la ciudad se extrae que existe un colectivo de unos 120 mayores que sí precisan ayuda en su día a día, y la amenaza de la pandemia extrema su situación de vulnerabilidad.

Un centenar de personas

La concejala socialista Tania García confirma que su departamento trabaja con más de un centenar de personas mayores, con prestaciones como la ayuda a domicilio o el programa Xantar na casa, que, independientemente de su cometido específico, permiten mantener un contacto constante con los usuarios, que en muchas ocasiones viven en soledad.

Un equipo de treinta personas, pertenecientes a las áreas municipales de Servizos Sociais, Igualdade y el SPAD, llevan el peso de la gestión de esta crisis por lo que respecta a su vertiente social. Junto a ellos, la gente de Cáritas, que sostiene el comedor de la Independencia y su servicio a domicilio, el comedor sobre ruedas, una prestación que también funciona como vía de comunicación permanente con su veintena de beneficiarios, en su mayoría mayores. Y la Cruz Roja, que ha reforzado su servicio de teleasistencia. Al margen del dispositivo que permite a quien lo porta activar una alarma en caso de emergencia, la oenegé telefoneaba cada semana a sus casi doscientos usuarios de toda la comarca. Ante el agresivo avance del coronavirus, esas llamadas son ahora diarias, y la organización busca voluntarios con los que reforzar su cobertura.

«Moitos dos maiores se botan a chorar cando reciben a nosa chamada»

La alcaldesa de Meis y sus concejales cribaron del censo a los mayores que viven solos para llamarlos y conocer qué necesitan

R. e.

Hace una semana, cuando todo acababa de empezar, el Concello de Meis emitió un bando para informar a los vecinos de más edad de un servicio que se encargaría de hacer la compra y reponer medicinas a quien lo necesitase. Pero el público al que iba dirigido ese anuncio es, precisamente, el de mayor riesgo. «Démonos de conta de que non saían á rúa a mirar o taboleiro de anuncios, non debían facelo. E tampouco é xente que se manexe coas redes sociais», explica la alcaldesa de esta localidad rural. Así que, hace unos días, decidieron cambiar de estrategia. Con ayuda de personal del Concello, hicieron un cribado del censo para dar con los mayores que viven solos. Con la lista en lal mano, la propia alcaldesa y los concejales comenzaron una intensa ronda de llamadas. «É un traballo moi emocionante e que xera moita tristeza», dice la alcaldesa de Meis. Reconoce que, al otro lado del teléfono, los ancianos reaccionan de formas muy diferentes. Hay quienes sospechan «de que se trate dunha estafa». Pero, en general, reciben con agradecimiento la llamada del Concello. «Hai quen se bota a chorar», dice Giráldez. El servicio, en cuanto lo conocen, le encanta. Y les tranquiliza. Obviamente, la mayoría de los encargos son de alimentos y medicinas, pero también hay quien pide comida para los animales.

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