Allí nos volveremos a encontrar para celebrarnos todos juntos con la música de la Big Band. Por cierto, le voy a decir a mis vecinos de enfrente que por supuesto se apunten.
19 mar 2020 . Actualizado a las 05:00 h.Mis vecinos del edificio de enfrente eran hasta hace cuatro días unos desconocidos. Como en todas las casas nosotros solíamos cerrar las cortinas del salón para que no viesen nuestra intimidad y ellos hacían lo propio con las suyas para esconderse de nuestras miradas. Eso era así hace solo cuatro días, pero desde que estamos en este encierro, cada vez que dan las ocho y salimos a aplaudir, ellos abren de par en par sus ventanas y nos saludan como si fuera la última cita que fuesen a tener esa tarde. Nosotros hacemos lo mismo: les sonreímos, les hacemos gestos desde lejos y nos despedimos con el afecto de esperar unas pocas horas para volver a vernos. Para mí, y supongo que para ellos, es la única cita que tengo estos días; por eso he pensado de pronto cuál fue mi última cita, qué hice la última vez que salí de noche, cómo lo disfruté, dónde estaba cuando el mundo no se reducía a estas cuatro paredes.
Y de pronto me he visto sonriendo, sentada en una mesa con mi hija y con mis padres bebiendo un gin tonic un jueves maravilloso en que decidimos ir todos juntos a saborear la música de la Big Band en el Garufa. Tendría que disponer del espacio de toda una página para contarles lo afortunados que somos en Coruña de tener a estos artistazos que convierten su espectáculo en un acontecimiento digno de los mejores que se pueden disfrutar en cualquier capital internacional.
La Big Band que dirige Roberto Somoza, con más de 20 artistas sobre el escenario, te transporta a una atmósfera muy woodyalleana en la que de pronto te sientes dentro de cualquier club de Nueva York viviendo la mejor de las historias. Pero ese ambiente es todavía mucho más emocionante porque se celebra en el Garufa, un tango de derroche en el que yo he pasado las noches más divertidas y felices de mi vida.
Sin el Garufa de la Ciudad Vieja los años noventa no hubiesen sido lo mismo, ni yo hubiera dirigido mi destino hacia este punto, ni mi familia hubiera sido la que es y ni siquiera mis amigos serían todos los que son hoy. El Garufa, Pepe Doré, así te lo digo en esta confesión íntima desde el salón de mi casa, me ha dado la vida. La mejor de las vidas, porque de allí salieron en cadena muchas de las personas que aún hoy me siguen rodeando. No todas, claro, pero en esas noches ardientes de fiesta y alegría nos subíamos a aquella tarima para bailar «Tú que eres tan guapa y tan lista...» y todas las de Camilo y Raphael. Esas risas de Loreto Silvoso (tengo que citarte como influencer), Ángel, Carmen, Bea, Carlos, Rocío y Pablo las tengo grabadas en la retina como las mejores juergas, las que también hoy siguen terminando un día cualquiera en el Garufa de la calle Riazor. Allí nos volveremos a encontrar para celebrarnos todos juntos con la música de la Big Band. Por cierto, le voy a decir a mis vecinos de enfrente que por supuesto se apunten.