Las secuelas que deja «La isla de las tentaciones»

¿Cómo influye en los concursantes del programa un grado tan alto de exhibición de su intimidad? ¿Se reconoce el espectador en las relaciones que se muestran?


Lo que La isla de las tentaciones plantea al espectador cada martes, jueves y viernes se parece a la realidad más de lo que pueda parecer. Eva Sández Casas lleva veinte años trabajando como terapeuta y corrobora que situaciones que uno piensa que no pueden ser reales —«Decimos ‘estos son actores, esto no se lo cree nadie, cómo puede comportarse así, cómo va a perdonar eso'»— ocurren en la realidad más habitualmente de lo que creemos. El del morbo es evidente, pero apunta hacia otro factor a la hora de explicar el imparable éxito del programa de Mediaset: «Ya no es tanto ver que un concursante sufra como la curiosidad por saber cómo actúa el ser humano ante este tipo de situaciones».

Todos somos Christopher, pero también Fani. Traicionado y Judas. «Aquí entra en juego el factor de la empatía, el narcisismo y el concepto que uno tiene de sí mismo —valora la experta—. A la audiencia le gusta ver las reacciones, saber si los demás perdonarían o no una infidelidad». Explica que al espectador le intriga saber cómo actúan los demás para saber cómo actuar, o cómo debería hacerlo alguien cercano. «¿Cómo reaccionará? ¿Le perdonará? Y si le perdona, ¿tendrá futuro la pareja? De ahí, el interés de la audiencia por saber qué sucederá, cómo terminará la cosa, si las parejas ahora [el programa se grabó antes del verano] siguen juntas o no».

La isla de las tentaciones volvió a disparar su audiencia este jueves con el respaldo de 3.156.000 fieles y una cuota de pantalla del 24,4 %. Que la exposición de la intimidad es un filón que la televisión explota con frecuencia y éxito lo confirman los datos, pero ¿qué tipo de efectos puede tener esta exhibición en protagonistas y, con tal repercusión, en espectadores?

«En este caso han hecho un cásting muy bueno. Han dado con aquellos prototipos de pareja más comunes en nuestra sociedad y el público se siente identificado: los típicos que llevan muchos años juntos y son muy fieles, los que se acaba de conocer y rápidamente se quieren casar o los que han roto muchas veces y han vuelto. Y se muestran situaciones también muy clásicas: infidelidades que se perdonan, rupturas de personas que llevan juntas muchos años... A eso se suma que todo lo relacionado con las relaciones —desarrolla Sández— es muy subjetivo, abstracto y emocional. No hay estrategias ni pautas sobre cómo reaccionar. Y este tipo de programas crean unos perfiles, unos estereotipos para saber qué línea seguir. Todos tenemos dudas, pero sobre todo los jóvenes, actualmente expuestos a más parejas. Aquí ven respuestas a situaciones concretas. Es más la necesidad que tiene el ser humano de saber cómo funcionan estos procesos más íntimos».

Sobre los concursantes, la terapeuta alerta de lo impactante que resulta ver cómo el otro actúa con un tercero, especialmente para personas con trastornos importantes de celos. «Eso no puede conseguirse de manera natural, ver 24 horas la actitud de la otra persona. Este programa sí puede mostraro, y enseña lo más escandaloso. Por eso debe contar con un equipo de psicólogos que los controlen. Si hay un celotípico que confirma que sus delirios son reales, puede sufrir un ataque de ansiedad fuerte, y más si aún encima lo ve toda España».

Insiste Sández en la importacia de la estabilidad emocional: «La organización del programa tiene que valorar a la persona, si está preparada o no, porque hay gente que en privado sí toleraría una infidelidad (si el tema se queda en un cículo privado), pero si resulta que tiene baja autoestima y todo el mundo sabe lo que ha pasado porque lo ha visto por la tele, la familia, los amigos, los conocidos, los vecinos... por mucho que lo intente, a lo mejor no puede superarlo. Muchos de ellos no tienen la estabilidad suficiente para exponerse a ver a su pareja y necesitarán una terapia importante. Son programas que merman la salud mental de los participantes».

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