«¡Estefanía!» ¿Por qué está arrasando «La isla de las tentaciones»?

El programa de Mediaset registra audiencias altísimas entre los espectadores más jóvenes. La semana pasada anotó un 42,2 % en el público de 13 a 24 años


Recta final de los Goya. Cuatro actrices en el escenario y otras cuatro en el patio de butacas cruzando los dedos para escuchar su nombre. De repente, alguien grita «¡Estefanííaaa!», pero ninguna de las nominadas se llama así. Los telespectadores, desde sus sofás, abren un ojo y estallan de risa. Ellos sí saben qué significa ese popular alarido convertido en grito de guerra.

La llamada de amor desesperada hecha meme está por todas partes: es plaga en redes sociales, pero también se ha dejado oír en el plató de Operación Triunfo, en boca de la selección masculina de balonmano o en las conexiones en directo de los informativos. Es mucho más que un chiste de un grito desgarrador: la demostración de que la televisión en abierto sigue viva y que, además, interesa a un público que se daba por perdido, el joven. «Es que es mentira que este público solo consuma contenidos de plataformas —rebate el analista televisivo Borja Terán, autor del libro Tele. Los 99 ingredientes de la televisión que deja huella—. Las audiencias de los últimos debates electorales, las de GH y las de OT lo desmienten. Los jóvenes vuelven a la televisión de siempre cuando genera un acontecimiento que habla su idioma, que despierta su interés». Pero, ¿quién es Estefanía y por qué todo el mundo grita su nombre?

Fani es una de las concursantes de La isla de las tentaciones, nuevo prodigio de Mediaset que ha mandado a una isla del Caribe a cinco parejas en plena crisis; ellas por un lado, ellos por otro. Se emite tres días a la semana, un debate y dos galas. Estas llevan de media un 21,4 % de cuota de pantalla. Entre el público de 13 a 24 años, algunas han superado el 42 %. Una burrada.

El show se construye sobre la (des)confianza y la tentación, pero se sostiene gracias al morbo. Los chicos conviven en una villa de lujo a pie de playa con diez «tentadoras» solteras mientras sus novias hacen lo propio en un palacete junto a diez solteros. Luego, el programa los lleva al bosque, los sienta alrededor de una hoguera y echa leña al fuego: Mónica Naranjo, presentadora, les muestran imágenes seleccionadas de sus respectivos pasándoselo pipa. «Dos factores explican este éxito: la falta de competencia y la manera en la que está montado el programa, el morbo que genera —considera Terán—. Cualquier reality necesita tiempo para que surjan los conflictos, pero este está editado, montado como una serie, va muy rápido, no da tregua al espectador, directamente va al edredoning, a la infidelidad, a lo más morboso». Así funciona la telerrealidad: «Se basa en que el espectador se sienta superior a los protagonistas, vive del público que se ríe del sufrimiento de los demás». «Convertimos en personajes a unas personas, y nos da igual, nos reímos de sus contradicciones y de sus salidas de tono», añade.

A estas alturas del programa, dos de las parejas, casi tres, andan en la cuerda floja, de ahí el berrido de «¡Estefanííaaa!», réplica de la reacción de uno de los concursantes al ver a su pareja en actitud extremadamente cariñosa con otro. Porque si algo seduce a la audiencia no es la incertidumbre de saber si la de Canarias se enrollará con el argentino de los tatuajes o si Andrea pasará a palabras mayores con Óscar, el rubio del corte de pelo raro. Lo que La isla de las tentaciones propone con éxito es convertir al espectador en un cotilla de manual que roza el voyeurismo, en un espectador algo cruel, al que al final le interesa más la reacción del cornudo que el escarceo del infiel.

Hay, además, cierto tufo a embuste. En el cásting se localizan muchas caras conocidas, habituales de otros espacios de Mediaset «con tanta aspiración a la fama que, al final, son muy manejables para la televisión». «Ya actúan, sin ninguna indicación; es muy fácil que hagan lo que el programa espera sin ser conscientes, que se dejen llevar para destacar —creeTerán—. Saben muy bien (o creen saber muy bien) cómo funciona esto».

«Lo que me preocupa -continúa- es que proyecta en la sociedad la toxicidad del amor mal entendido, los celos como indicador de querer más o menos a una persona. Esos roles que desprende el programa sí que me parecen tóxicos, pero también creo que la audiencia de hoy lo ve como una telenovela facilona, y se lo toma un poco así, la gente se evade sin creérselo». Habla Terán de la selección de los protagonistas: «Se reducen las personalidades a un tipo muy concreto de perfiles, parece que son todos clones, cortados por el mismo patrón físico, no creo que representen la telegenia que ilumina a la sociedad, es un casting muy Mujeres y hombres y viceversa, muy previsible dentro de Telecinco, que le sirve también para generar nuevos personajes de cara a sus realities estrella».

La isla de las tentaciones no deja se ser una reinvención de aquel Confianza ciega del 2002. «Y con esta dinámica ha estado ya en otros países, de hecho las tramas son muy parecidas, no es original, es una franquicia. No creo que Telecinco esperara este éxito; es más, se estrenó en Cuatro, en segunda línea». Y mira. Hoy no hay quien no haya oído, al menos de refilón, algún Estefanía.

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