Tarde, mal y a rastras. Meghan y Harry se fugan en diferido. Con lo bonito que hubiera sido romper con todo antes de la boda, del título nobiliario y del casoplón de Frogmore, con sus arreglillos de 2,38 millones de euros. Darse a la fuga sin mirar atrás. Sin rendirse a la tentación de lucir tocado y vestido de Givenchy en Ascot. Sin meter las narices en palacio. Sin probar un sorbo de la casa real. Eso sí que hubiera roto la pana.

En Estados Unidos abrazan con fervor la teoría de que Meghan y Harry ya no soportan más el racismo de los medios británicos. Que la prensa amarillista inglesa rezuma xenofobia cuando tiene oportunidad no es nada nuevo. Aflora con naturalidad en cada Eurocopa o encontronazo diplomático y se empaqueta como si fuera un género humorístico. Los españoles son toreros inquisidores y Holanda está habitada por piratas. Trazo grueso del que no se libra la actriz. Por eso los fans de la americana aplauden la «valentía» de su decisión. Aunque tampoco es el colmo de la audacia que una pareja le dé un portazo a todo cuando tiene una fortuna de 40 millones de euros. Pero los duques de Sussex quieren independencia, tranquilidad, sencillez y fines más nobles. Una fundación volcada con el medio ambiente, implicada hasta las trancas en la lucha contra el cambio climático. Pero parece que lo menos sostenible de todo el negocio serán ellos. Que se sepa, ni Meghan ni Harry se desplazarán en canoa por el Atlántico para vivir entre Canadá y el Reino Unido . Y la mansión en la que se han refugiado en Canadá en pleno invierno no parece que se caliente con una simple plaquita solar. Como bien dice un amigo, Netflix está de enhorabuena: Meghan está a tiempo de salir en The Crown interpretándose a sí misma. Los capítulos no tendrían desperdicio.

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