Un banco compostelano para amarse en susurros

Mónica Pérez Vilar
MÓNICA P. VILAR REDACCIÓN / LA VOZ

SOCIEDAD

El banco, obra del arquitecto municipal, Mariano Fernández Rangel, realizada en 1916, se localiza en la Alameda compostelana
El banco, obra del arquitecto municipal, Mariano Fernández Rangel, realizada en 1916, se localiza en la Alameda compostelana xoán a. soler

Nadie pensó en los enamorados cuando se construyó, pero el imaginario popular atribuye a este asiento de la Alameda compostelana haber sido refugio de las confesiones más secretas de los amantes de la ciudad

08 nov 2019 . Actualizado a las 20:22 h.

Aunque el Parque de la Alameda es uno de los espacios clásicos de Compostela para quienes gustan de disfrutar de un buen paseo al aire libre, algunos de sus rincones guardan curiosidades que no todos conocen. Tras el quiosco de la música, en una zona ligeramente elevada sobre el paseo central, pasa desapercibido para muchos un gran banco de piedra semicircular que, si acaso, llama a algunos la atención por su amplitud. Pero, si por azar uno decide sentarse a descansar en él un momento, puede que se vea sorprendido por un repentino susurro al oído, a pesar de no tener a nadie al lado. Basta con que en el otro extremo del asiento haya decidido acomodarse y hablar otro paseante. La sensación es sorprendente. Las palabras, emitidas a varios metros de distancia, suenan como dichas al lado de nuestra oreja. Inevitable la cara de sorpresa y girar la cabeza buscando la fuente de ese sonido que parece tan próximo.

El secreto está en la peculiar acústica que genera este banco de piedra de 14 metros de diámetro. Su forma cóncava y su material de construcción duro generan un efecto conocido como de galería de los susurros. El sonido emitido cerca de su superficie va rebotando a lo largo de esta y llega con total claridad a cualquier punto de la misma. Sin embargo, apenas puede escucharse si nos alejamos unos metros del banco.

De ahí surgió la creencia popular (casi leyenda urbana) que atribuye a este asiento compostelano haber sido escenario de romances prohibidos, vigilados por carabinas que no permitían acercarse a unos enamorados que recurrirían a la peculiar acústica del banco para hacerse confesiones a metros de distancia sin levantar la más mínima sospecha.