Fernando Mayer, azabachero: «Quedan pocos que tallen azabache»

Los peregrinos recogían estas piedras semipreciosas y llegaban con ellas a Santiago. Fue entonces cuando Compostela quedó ligada al azabache y sus orfebres comenzaron a tallar estas frágiles y delicadas piezas


santiago / la voz

El abuelo de Fernando Mayer, Enrique, devolvió el esplendor del azabache a Santiago. Así lo recuerda una placa en la casa natal del orfebre, dedicada «al buen azabachero». Los artesanos de esta piedra volvieron a brillar en el siglo XX, después de que a comienzos del XVIII empezase a extinguirse esta artesanía. Fernando fue uno de los que cogieron el relevo familiar, y ahora, con 76 años, sus dos hijos siguen con este tradicional oficio en el que los impacientes tienen poco que hacer. «Hacer una talla del Apóstol implica unos cuatro o cinco meses de trabajo. Debes ir parando porque es una labor que cansa mucho, tienes que darle poco a poco con la gubia, que es muy delgadita y hace que el trabajo de azabachero sea muy cansado».

Los acibecheiros como Fernando trabajan con gubias, una especie de herramientas para tallar que hacen los propios artesanos y con las que van dando forma a la delicada piedra. Y es que es un oficio difícil. «El azabache tiene un corte cristalino, por lo que hay que tener mucho cuidado. Cuando haces una figura es necesario conservar primero las partes más delicadas para que, al trabajar con la gubia, no se rompan», dice.

Él comenzó con 14 años pasando por diversos talleres de orfebres, entre ellos el de su tío, y más tarde decidió trabajar en su propia casa, en la rúa Carretas. Desde el año 1971 Mayer tiene su propio local en la praza de Praterías, a apenas cuatro pasos de la catedral de Santiago. Eso sí, estos emblemáticos locales de la ciudad, escondidos en los bajos de la propia seo compostelana son tan pequeños que el trabajo orfebre se hace en un taller del barrio de Vista Alegre.

Esta labor artesanal sigue teniendo vigencia en la capital de Galicia, dice Fernando, aunque ya casi no quedan talladores de figuras, porque la demanda es muy pequeña en la actualidad. Ahora, los clientes que compran azabache buscan joyas, broches, colgantes o sortijas. «Que hagan tallas en azabache quedan muy poquitos, pero sí quedan azabacheros que hagan piedras para pendientes o broches», cuenta.

Pero, ¿cómo arrancó la relación entre estos objetos y la ciudad, y, sobre todo, con el Camino? Cuenta Mayer que fueron los peregrinos quienes traían las piedras, porque en Asturias eran abundantes. Una vez aquí, los artesanos se dieron cuenta de que había posibilidades de tallarlas y hacer piezas con ellas. El gremio tenía incluso sus leyes, por ejemplo, si el azabache se rompía, no podía pegarse.

La comunidad vecina sigue siendo el origen de parte de la materia prima, que ahora también viene de Utrillas, en Teruel, «pero este es de muy mala calidad, apenas se puede trabajar con él porque tiene fisuras. A mayores viene del extranjero, de Turquía, que es mejor que el de Teruel», cuenta Fernando.

De momento, dice este artesano, el negocio sigue. Uno de sus hijos ha cogido las riendas del taller de Santiago, mientras que el otro de sus vástagos hace lo propio en A Estrada. Los acibecheiros siguen poblando la ciudad del Apóstol.

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