«Como buen traidor al patriarcado, siempre me encuentro hombres a la defensiva»

Para Jorge García Marin, especialista en temas de género, las reacciones contrarias el anuncio de Gillette que cuestionaba la masculidad tóxica «demuestran lo mucho que hay que trabajar aún»

JORGE GARCIA MARIN, SOCIÓLOGO DE LA USC
JORGE GARCIA MARIN, SOCIÓLOGO DE LA USC

redacción / la voz

Esta semana se difundió en Internet un anuncio de la marca de cuchillas de afeitar Gillette que se hizo viral. En él se muestran varias imágenes de lo que se denomina masculinidad tóxica. Una, un grupo de chavales persiguiendo al débil a la salida del colegio. Dos, un jefe manoseando a una empleada en una reunión. Tres, un grupo de padres disculpando una pelea diciendo «es que son chicos».

Frente a ello, la segunda parte del spot recoge otro tipo de hombres que frenan esos comportamientos. La reacción en las redes sociales fue en muchos casos de indignación, incluso proponiendo un boicot a la marca. «Hay una parte de crítica a las masculinidades tóxicas y hegemónicas que todos reconocemos. No quiere decir que todos los hombres responden a ese patrón pero sí que hay actitudes masculinas que están ahí, en esa cosificación de las mujeres» piensa Jorge García que, precisamente, trató este tema en su libro Novas masculinidades.

-Muchos hombres consideran que les están criminalizando en ese anuncio. ¿Qué opina?

-Que demuestra lo mucho que hay que trabajar contra la estructura patriarcal. Si se ofenden es porque algo de razón debe tener. El anuncio se debe entender como una provocación y como un cuestionamiento del statu quo. A mí personalmente no me ofende. Es un anuncio que yo entiendo en su contexto. De todos modos, no me sorprende que salga mucha gente criticándolo.

-¿Ah, no?

-Es que lo veo cuando imparto cursos. Como buen traidor al patriarcado, siempre me encuentro con hombres a la defensiva.

-¿Qué le dicen?

-Lo primero que hacen es descalificar tu discurso con planteamientos falsos. Te dicen que los hombres no pueden ir tranquilos por las calles desiertas con tres o cuatro mujeres que lo van siguiendo. Lo dicen como un chiste, al principio. Pero la cosa va calando y, al final, alguien defenderá que los hombres tenemos miedo de las mujeres cuando salimos solos por la calle. Es una perversión total de la realidad.

-¿Por qué ocurre eso? ¿El hombre se siente inseguro de perder sus privilegios sociales?

-Las mujeres se han ido empoderando y descubriendo su lugar en la sociedad. Aparecieron ahí figuras de referencia. Vas a una librería y hay libros de mujeres intrépidas. Los hombres no tenemos modelos en los que mirarnos que no sean los de toda la vida. Miro a mi alrededor y es difícil encontrar masculinidades divergentes sin agresividad, protagonismo, violencia o virilidad. Eso está ahí. ¿Qué ocurre? Que a los hombres nos tocan nuestro espacio de poder. En lugar de entender que el sistema es desigual y que, por tanto, sería justo buscar otras reglas de juego, lo que hacemos es enrocarnos más en nuestras posiciones. Entonces nuestra masculinidad es el negacionismo. Tengo que negarlo todo. Tengo que descalificarlo todo. Eso no existe. Se están exagerando las cosas. Porque las mujeres ya votan, lo tienen todo y los hombres estamos arrinconados. Es un discurso defensivo.  El neomachismo va por ahí: lo vamos a negar todo. Es eso de decir: «Ese no es el problema, el programa con las violencias en general». Eso es tanto como no decir nada. Es diluir un problema en un problema mayor. Las violencias, en general, son un problema, claro. Pero ello no significa que no exista el machismo y el patriarcado.

-¿Con esa violencia a la que apela el anuncio de Gillette se nace o es uno el que se hace violento por el entorno?

-No, es evidente que no es algo biológico que está en los genes. Es algo que se construye. Las sociedades tienen patrones de cultura y no hace falta bucear mucho para ver que nuestra sociedad tiene bastante violencia. Es muy fácil asimimilarla desde que uno es niño. Desde los dibujos a los videojuegos, el niño crece en un ambiente de violencia.  

 -¿Podrían ser considerados también los hombres víctimas de ese tipo de educación que les insta a ser violentos?

-Somos un producto social y víctimas de un sistema patriarcal de distinta manera que las mujeres. Nosotros por ser hombres ocupamos una posición superior a las mujeres de partida. Pero existe otra lectura. A los hombres se nos priva de todo un universo que se identifica con lo femenino, que tiene que ver con los afectos, los cuidados y esas cosas. Se nos priva de más autonomía, de no tener que estar ejerciendo siempre esa agresividad y estar siempre ejerciendo el liderazgo. Se nos priva de no poder llorar, de no cuidar a alguien. La cultura en la que nos movemos priva a los hombres de todo ese universo.

JORGE GARCIA MARIN, SOCIÓLOGO DE LA USC
JORGE GARCIA MARIN, SOCIÓLOGO DE LA USC

 -¿Es este un momento de cambio o de continuidad?

-Momento de de cambio son todos, pero la verdad es que esta tercera o cuarta oleada de feminismo nos está tocando más de cerca a los hombres. Hasta ahora las conquistas de las mujeres nos nos afectaban tanto. Por ejemplo, el derecho a votar. Los hombres decíamos: «Pues que voten». ¿Derecho a ir a la Universidad?. «Pues que vayan, porque como hombre no me afecta». Eso sí, esto está tocando a algo mucho más micro, que tiene que ver con acciones nuestras de dominación y  violencia que ejercemos sobre las mujeres. Lo que está dándose ahora, felizmente, es un cuestionamiento mayor de cosas que siempre se han dado por supuestas que tenían que ser así. Existe mayor sensibilidad y los medios de comunicación también está poniendo lo suyo.

-Cuando dice violencia se entiende que no habla solo de pegar a alquien.

-La violencia no es necesariamente la muerte o la bofetada. Se habla ya de las microviolencias que comienzan con lo más básico: que nadie te debe controlar tu vida. Esto debería ser ya de manual para explicarlo a los adolescentes. Nadie tiene que mirar tu agenda, que tengas tu grupo de amistades, que estudies o que hagas un viaje. Desgraciadamente, los hombres hacemos ese control muchas veces por la cultura en la que hemos nacido. Son pequeños controles, pero son violencia. También hay una violencia psicológica, en el desprecio o en el no dejar hablar, por el hecho de ser mujer. Hay una violencia económica también. Hay infinidad de violencia, más allá de lo físico.

 -En el feminismo se dice que la época de que los hombres digan que el lugar de la mujer está en la cocina ya ha pasado, que ahora existe un machismo mucho más sutil que se manifiesta en esas cosas. ¿Qué piensa?

 -Bueno, eso de que hay pocos hombres que lo digan no sé... Ahora se dan ciertos discurso políticos que dicen cosas sin sonrojarse muy fuertes. Hay muchos hombres que hasta ahora no lo decían, porque no sería políticamente correcto y porque quedarían como unos zafios en determinados ambientes. Pero sí que podían pensar que el lugar de la mujer era ese e, incluso, reproducirlo en su ámbito familiar. Me preocupa que, en este momento en el que todo vale y se puede decir cualquier cosa, aparezca en los próximos días alguien defendiendo esas tesis.

-¿Aceptar la masculinidad «sana» se puede interpretar como un signo de debilidad?

-Puede ser visto así, pero yo lo veo como un símbolo de igualdad. Pensemos en el movimiento negro. ¿Estar en contra del esclavismo del negro es un signo de debilidad de los blancos? No, es un tema de derechos humanos. No podemos pensar que los hombres blancos perdemos mucho porque ahora no tenemos esclavos. El feminismo es un tema de justicia social, porque las mujeres son iguales. ¿Qué más da que pierdas o no pierdas en este combate? Es un tema de igualdad.

-Cada vez hay más hombres jóvenes que se autodenominan feministas. ¿Qué le parece?

-Es el lado positivo. Eso también hace que se entiendan esas reacciones viscerales de las masculinidades clásicas, al ver que pierden terreno y que es irrecuperable. Es el fin de tu imperio y, ya de perdidos al río, ataco con todas mis armas. Las nuevas generaciones tienen otra mentalidad. Son hombres que son feministas. Lo entienden, lo han estudiado y entienden cuál es la clave final del feminismo. Es muy positivo porque cuantos más hombres haya así más rápido se cambiará todo.

-¿Para pasar de las masculinidades tóxicas a las saludables cuáles son las armas?

 -Queda un mundo por hacer. Para construir una sociedad igualitaria quedan varias generaciones. Las leyes son muy importantes pero, sobre todo, hay que hacer un gran esfuerzo en la educación. Ya sabemos que hay muchas personas que no vamos a cambiar. Quizá nos tengamos que preocupar de los que están llegando ahora, que entiendan la igualdad y que vivamos en un mundo de personas, no de hombres y mujeres. Tenemos mucho en contra, porque los principales elementos de socialización tienen una cultura patriarcal. Miremos al mundo de los cuentos, del cine, los videojuegos o la música, donde se fomenta el relato del amor romántico y el patriarcado. Esa cultura no se desmonta así tan fácil. Pero confío en el mundo de la educación.

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