L o confieso. A veces me ofendo. Cuando alguien hace un monólogo estigmatizando a un colectivo de por sí estigmatizado, recreándose en el tópico hasta la náusea, me dan ganas de ponerme un sombrero de la década de los años 20 y mi mejor abrigo de sufragista amargada y salir a la calle con una pancarta.
De verdad, lo siento mucho, sé que no debería porque estamos hablando de auténticos genios. De verdaderos iluminados que nunca se equivocan. Y que no debería cuestionarlo. Pero no puedo evitarlo. A veces me ofendo. Me ofendo sobre todo cuando desde un anuncio de fiambre te espetan sin ningún tipo de miramiento que hacer chistes sobre el feminismo sale más caro que echarse unas risas a costa de la monarquía. Y resulta que uno de los últimos que ha ido a declarar al juzgado lo hizo porque se sonó los mocos en una bandera.
Es cierto. Soy una de esas. Una de las amargadas que cree que el humor es un arma poderosa que no debe quedarse en una historia de Jaimito. O en aquellos chistes de gangosos y de homosexuales que, en tiempos, tanto se prodigaban. Por cierto, esos no salen en las vitrinas de la famosa tienda. Que me crucifiquen ya, porque lo digo bien alto. Sí. Según explican ahí, debo de ser una ofendidita. De las que, por mucho que buscan, no le ven la gracia a ciertas bromas. Que cree que este debate no va sobre si hay que hacer chistes de gitanos o mejor no. A lo mejor en el anuncio habría que pararse a reflexionar sobre que el humor y la sátira, últimamente, te pueden llevar ante un juez. Y ganarte una condena. Y la verdad es que no. No suele ser por reírse de las feministas.