El fin de la imagen devastadora de la heroína favorece la vuelta al consumo

El incipiente incremento en Galicia es parte del alza de la demanda a nivel mundial

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Cientos de jeringuillas cubren una finca de la avenida Mestre Mateo Los vecinos están preocupados y el concello compostelano asegura que hay un repunte del consumo de heroína

redacción / la voz

«Veo conocidos del barrio que últimamente, con cuarenta años, han vuelto a recaer. Pero también veo algún que otro chaval de 20 o 25 años que ha empezado a fumar chinos. El ambiente donde se mueven les lleva a meterse en eso. No saben lo que es. Piensan que es un juego más». El barrio del que habla este hombre de 41 años está en A Coruña. Él vive ahí. Cuando era niño tenía un sueño. Quería ser bombero, pero antes de poder apagar su primer fuego, el jaco lo quemó. Luego vinieron las pastillas, la coca... «Me enganché en los noventa, cuando tenía 14 años. A los 19 empecé con la metadona. En el 2004 me quité. La heroína te destroza. Ahora empiezo a acercarme de nuevo al mundo», dice este usuario anónimo de la Asociación Ciudadana de Lucha contra la Droga (Aclad), en A Coruña.

Ha probado la fuerza destructora de ese caballo. Es mil veces más devastador que el legendario Bucéfalo, al que solo Alejandro Magno logró domar. Pero él no conoce a nadie que haya domado a la heroína. «Roba tu vida. Roba todo», repite moviendo la cabeza de un lado a otro. De pronto se detiene y mira al suelo: «No entiendo cómo la gente de ahora, con toda la información que hay, puede meterse en esto. Va a ser su ruina. Todo el dinero que tengas lo vas a gastar en eso. Te va a destrozar a ti y a toda tu familia. No van a poder controlarlo, ni van a poder salir». Entonces vuelve a alzar la mirada y mira a los ojos: «Es la ruina».

Las escenas que describe marcaron a toda una generación, la que vivió la epidemia que arrasó familias en los ochenta y noventa. La que identificó el jaco con fantasmas con chándal que tomaban las esquinas armados con latas de cerveza y algo más. El pasado lunes por la noche, sobre las nueve, uno de esos fantasmas deambulaba por las calles de la Sagrada Familia, un barrio de A Coruña. Parecía un espectro que había regresado del pasado, de los años ochenta, cuando muchos chavales curiosos se subieron a este caballo salvaje. El que acabó con la práctica totalidad de los jugadores del equipo Déjadnos Vivir, de Vilanova. O el que segó a prácticamente una generación en Arousa o Monforte. El hombre caminaba apurado. Iba de aquí para allá. «¿Tienes pluma?», preguntó a otro que salía de un bazar. La respuesta no le sacó de su desesperación. El hombre, o su fantasma, continúo su periplo desesperado por las calles del barrio hasta refugiarse en un portal. Allí esperó un rato. Se desesperó y se cobijó en una cabina telefónica. A dónde fue luego. No se sabe.

Jeringuillas (en primer plano), posiblemente empleadas para un «chute».
Jeringuillas (en primer plano), posiblemente empleadas para un «chute».

Pero esas escenas no son ahora habituales como lo fueron dos décadas atrás, cuando para prácticamente todo el mundo la heroína era muerte. «Cuando un problema deja de ser un bum se pierde la noción del riesgo. Entre los jóvenes que no vieron aquello hay una falta de percepción del riesgo. Ahora hay policonsumidores que usan la heroína para bajar el efecto de la cocaína», apuntan desde Aclad. «Ves quien se mete de todo. Hay mucha coca. Es un desfase. No puedes dormir e igual fuman para calmar todo el efecto», apunta un joven de poco más de veinte años que tiene conocidos que la han probado fumada.

Caer mil veces en la misma piedra

La razón de por qué otros muchos, los que más, se están reenganchando es otra historia. «El aburrimiento, estar solo. El no tener trabajo. Eso da mucho en qué pensar. Influye un poco todo», se excusa otro hombre que fumó su primer chino en los ochenta y que las pasadas Navidades volvió a caer. Desde entonces dice que no ha fumado más, pero sabe lo que está pasando. «La calidad ha bajado con respecto a la que había cuando empecé. Aunque últimamente parece un poco mejor. La mejor cocaína y heroína viene de Ferrol o Narón. Hay más consumidores, sobre todo, porque los antiguos vuelven a caer», cuenta con la solvencia que le da la experiencia. Campamentos como el Freixeiro (Narón), donde históricamente se han producido varias redadas, es donde mucha gente supuestamente sube a comprar. Allí, dicen desde Proyecto Hombre, en Lugo, también van a por ella desde la ciudad de las muralla. Porque como comentan en la calle O Vao, en Poio, ya no es lo que era. Y la desaparición de Penamoa, en A Coruña, cambió el modo de distribución en la ciudad. «Ahora hay muchos puntos, van cambiando. También cambian los que la pasan», apunta otro hombre que fuma.

Adosado de la urbanización ferrolana de Ciudad Jardín abandonado y utilizado por drogadictos.
Adosado de la urbanización ferrolana de Ciudad Jardín abandonado y utilizado por drogadictos.

Mientras la pureza de un kilo de cocaína que llega a España ronda el 70 %, fuentes de la Udyco relacionadas con la lucha contra el narcotráfico, dicen que la de la heroína está en un 40 %, un índice que puede bajar hasta un 17 % cuando se corta para repartir en micras (un gramo son diez micras, lo necesario para un chino). Un kilo de heroína está en unos 31.000 euros. El de cocaína en unos 34.000. Pero no son comparables porque la primera se corta mucho más. «Puede ser algo inocuo o lo que tengan a mano. Puede ser paracetamol, escayola o incluso estricnina, lo que sea más fácil», añaden esas mismas fuentes. En el último eslabón de la cadena el precio es otro. «La micra está a 5 euros en Ferrol, en A Coruña la misma calidad a 10. Como compre una muy cortada no cojo más», apunta un ex consumidor consultado que, de vez en cuando, aún camina sobre el alambre.

La calidad es otro factor que influye en este fluctuante mercado. «La incorporación por goteo es un fenómeno que ha habido toda la vida. La heroína nunca ha desaparecido, pero a veces puede aumentar el consumo porque hay más producto o es mejor. Lo que no creo que vaya a ocurrir aquí es la epidemia que sufre Estados Unidos o Reino Unido porque aquí hay muchos recursos de ayuda o sustitución que funcionan», apuntan desde Asfedro, en Ferrol.

Cuando la escasa pureza o el aumento de la tolerancia no ofrecen un buen «globo», hay quienes acompañan la heroína con alguna de las pastillas legales que circulan en el mercado negro. «Después de consumir comes uno o dos tranquimacines, o tranxilium, para potenciar el efecto. También hay quien los toma para bajar el efecto de la coca, pero tienen riesgo porque te puede dar una sobredosis», apunta uno de estos reincidentes. Según dice cada una de esas pastillas cuesta 50 céntimos en el mercado negro. Una caja de 30 pastillas de 2 miligramos de tranquimacín cuesta 4,84 euros en la farmacia, pero solo se expide con receta médica.

Adosado abandonado en Ciudad Jardín (Ferrol) utilizado habitualmente por toxicómanos.
Adosado abandonado en Ciudad Jardín (Ferrol) utilizado habitualmente por toxicómanos.

Los hombres que se esconden tras estos testimonios observan y ven lo que está ocurriendo en la calle y lo que los datos oficiales todavía no recogen. El Informe Europeo de Drogas 2017 habla de una prevalencia del 0,4 % en España, un índice muy bajo. Pero el dato que usa es del 2015. Porque la heroína, ese caballo que nunca se fue, vuelve a trotar en las calles de Galicia. «Hay más demanda, pero no quiere decir que sea un fenómeno específico de la comunidad. Responde a una tendencia generalizada en toda Europa», apuntan desde la Udyco. Apoyan su apreciación algunas de las últimas operaciones realizadas el año pasado como la Tirabuzón, que acabó con el decomiso en Caldas de 65 kilos de heroína procedentes de Bulgaría, parada de la heroína cultivada en Afganistán. «Fue una cantidad excepcional porque esa es una cantidad muy elevada para ser heroína», explican desde la Udyco.

Desde la Consellería de Sanidade aseguran que las cifras que manejan no muestran ese repunte. Coinciden con algunas de las entidades de ayuda a personas con problemas de drogadicción que operan en la comunidad como Proyecto Hombre o la Unidad Municipal de Atención a Drogodependientes de Santiago (UMAD), pero según la presidenta de Érguete, Carmen Avendaño, los datos de asistencia que manejan esas entidades no reflejan esta nueva tendencia porque el fenómeno es «todavía incipiente». Pero estar, está. «Desde que alguien empieza a consumir hasta que pide ayuda pasa un tiempo en el que van aguantando. Dentro de unos meses comenzará a verse en los Servicios de Atención Primaria (SUAP). En Vigo vemos que hay un repunte de la heroína», avanza. Un indicador del fenómeno son los programas de intercambio de jeringuillas. «El consumo de heroína fumada ha experimentado un aumento. En enero del año pasado recogimos unas 300 jeringuillas en la zona de Vigo. A partir de mayo la cantidad se duplicó. En septiembre, por ejemplo, fueron 874. Lo que vemos en general es que el consumo de heroína inyectada se mantiene, pero ha aumentado el consumo fumado», dice una de las encargadas del programa de intercambio de Érguete. El incremento lo notan también en A Coruña. Es la primera señal de alerta de que el caballo empieza a trotar.

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