El último chino


Ella apenas podía aguantar su mirada. Y no lo soportaba. Al fin y al cabo, era su sangre. Cada tarde, la asaltaba por la calle para pedirle dinero. Siempre para comida. Una mentira más, otra de tantas, aunque quizás entonces ya no lo fuese. Fumarse un chino era a esas alturas su único alimento. Su trágica razón de ser. Hacía tiempo que ella le prohibiera entrar en casa. La última vez le había levantado la mano, después de demasiadas sobremesas rotas de forma abrupta. Tocata y fuga; siempre con algo bajo el brazo: un viejo marco de plata, la Nintendo del niño...

Aquel día se quebró el fino hilo que los unía. Lo último en realidad que lo ataba al mundo. El resto de la familia estaba agotada, vivía consumida por años y años de angustia, de discusiones y amenazas, de vergüenza compartida, de mentiras y propósitos estériles... Un infierno del que él nunca pudo, o quiso, escapar, y al que arrastró a todos aquellos que lo amaban. La heroína consumió su alma y su cuerpo. Aquel del que apenas quedaba nada. Un saco de huesos asido a un bastón que lo ayudaba a deambular por las calles, completamente demacrado, con poco más que un suspiro de vida en sus ojos. A la espera de lo único que lo mantenía en su Vilagarcía natal: el siguiente chino.

Treinta años después, ha vuelto a ocurrir. El tráfico de heroína crece. Nuestros jóvenes juegan con pólvora porque el recuerdo de aquel infierno se ha desvanecido. Porque no hemos mantenido vivas las secuelas de un drama del que pocas familias escaparon. Un hijo, un hermano, un primo... Quizás los yonkis sean hoy menos visibles que en los 80, pero estamos jugando con pólvora. Ojalá no tengamos que arrepentirnos.

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