Dubai, Venecia y lo auténtico

Miguel Murado
Miguel-Anxo Murado ESCRITOR E XORNALISTA

SOCIEDAD

Ed

08 oct 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Dubai, un punto verde en medio del desierto a orillas del Golfo Pérsico, parece un oasis visto desde el aire. Pero para cuando el avión termina su maniobra de aproximación, uno se da cuenta de que quizás es otra variante moderna del desierto: uno hecho de cemento y cristal. O, por el contrario, es otra variante moderna del oasis: un lugar de paso, una parada de mercaderes. De hecho, Dubai está construido en torno a un centro comercial que visitan cada año más personas de las que visitan Nueva York. A lo mejor es que el oasis moderno es eso: moqueta, aire acondicionado, recuerdos en venta, turistas de paso y agua mineral embotellada.

Una vez que pasé por allá hace años, la gran atracción del gran Mall era un tiburón que tenían metido en un acuario para que las familias envueltas de cuerpo entero se hiciesen fotos siniestras delante de él. Desde entonces, el emirato se ha ido llenando de cachivaches extraños, como si fuese el cuarto de los juguetes de un niño rico: el edificio más alto del mundo, el hotel más alto del mundo, la torre retorcida más alta del mundo, la noria más alta del mundo, el jardín natural más grande del mundo, tres islas artificiales, un zoo bajo el agua, una pista de patinaje cubierta en el desierto, y otro centro comercial, más grande todavía que el que ya había y en el que caben hasta un centenar de hoteles.

Ahora se han divulgado los planes para construir allí Venecia. Una réplica, se entiende. Tendrá canales, puentes, callejones, monumentos y góndolas importadas directamente de Italia. Pero como la idea es, por lo visto, mejorar el original, tendrá también doce playas flotantes, arrecifes de coral y una docena de bares y restaurantes bajo el agua con música ambiente, además de piscinas con fondos de cristal de Murano para ver los corales artificiales y los peces de colores.

Es la enésima réplica de Venecia que se construye en el mundo. Que yo sepa, está Vegas Venice, levantada a una escala del 50 por ciento en el desierto de Nevada; el Venezia Palace Deluxe de Kundu y el Viaport Venecia, ambos en Turquía. Y en China están el Venetian Resort de Macao, que contiene el mayor casino del mundo, y la Venecia de Dalian en China.

Desde que tengo uso de razón he oído decir que Venecia se muere, y sin embargo lo cierto es que más bien parece que se expande. Lo que se expande, en realidad, no es Venecia sino su parodia, el cascarón cursi de la imagen de postal. No los lienzos gigantes de los maestros, ni la acústica de las iglesias, ni el olor a sal de los canales sino tan solo el pastiche y el sentimentalismo barato que se les muestra a los turistas. Todo esto apunta a un cambio: del turismo como nostalgia de lo auténtico hemos pasado al turismo como nostalgia del turismo.

«Esta Venecia deseada en la nada sobre bosques hundidos en el fondo, creada por fuerza, y por fin llegada a este grado de existencia», como decía Rilke, sigue hundiéndose en el lodo de la Laguna véneta, bajo el peso de los zapatos de millones de visitantes. No es su doble, sino su impostor el que progresa en todo el mundo como una franquicia. Quizá el apocalipsis consista en que algún día el planeta esté cubierto de una sucesión de réplicas del Campanille y la Plaza de San Marcos, canales de agua dulce y el puente de Rialto.

Volviendo a la Venecia falsa de Dubai, sus constructores aseguran que es una ciudad con obsolescencia programada y que está prevista para durar exactamente cien años. Quién sabe. Con un poco de suerte, puede que el original acabe incluso sobreviviendo a la copia.