El Verano del Amor

SOCIEDAD

En 1968 había unos 400.000 jipis en Estados Unidos. Tiene mérito el que un grupo tan pequeño de personas haya tenido un impacto tan grande en la cultura popular

04 jun 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Tengo este cálculo anotado en una libreta: en 1968 había unos 400.000 jipis en Estados Unidos, aunque en realidad solo la mitad eran lo que podríamos llamar jipis a tiempo completo. Es decir, algo así como el 0,1 por ciento de la población.

Tiene mérito el que un grupo tan pequeño de personas haya tenido un impacto tan grande en la cultura popular. Lo pensaba ayer, porque se cumplen cincuenta años del famoso Verano del Amor de San Francisco, el apogeo temprano de la subcultura jipi o su acto fundacional, su zona cero, que se les muestra a los turistas exactamente en el cruce entre Haight Street y Ashbury. Pronto aparecerán en los televisores los planos de archivo y las reminiscencias benévolas, porque el jipi es un personaje que se ha quedado con una buena imagen.

En el Verano del Amor, sin embargo, estaba ya implícita la cara y la cruz de aquella utopía que aspiraba a lo que todas, que es a suprimir, en vez de gestionar, los instintos del ser humano. Atraídos por la prédicas de Timothy Leary, el apóstol del LSD, fueron confluyendo en el barrio de Haight-Ashbury miles de jóvenes llegados de todo el país, sobre todo a partir del comienzo de las vacaciones escolares. Pronto sumaron más de 100.000 personas dispuestas a reinventar el mundo.

Durante meses se sucedieron los conciertos de Jefferson Airplane, el kumbayá de Joan Baez, las manifestaciones contra la guerra de Vietnam y la demolición de los convencionalismos y las normas. Mientras, la droga, que era el combustible de todo aquel movimiento, fue tomando el control calladamente. Enseguida fueron haciendo acto de aparición cada uno de los instintos humanos que se habían querido desterrar: la violencia, el egoísmo, el consumismo... En las comunas, el amor libre se deslizó hacia la poligamia de unos pocos machos alfa. Las calles se volvieron peligrosas y algunos jipis incluso empezaron a portar armas. Los convencionalismos y las normas, se vio entonces, no solo eran un mecanismo de opresión, también servían para proteger a los más débiles.

Si en mayo Scott McKenzie había cantado aquello de que «Si vas a San Francisco asegúrate de llevar flores en el pelo / porque te vas a encontrar mucha gente amable allí», a la altura de octubre ya no era un buen consejo. Los propios vecinos de Haight-Ashbury pidieron públicamente que ya no fuese más gente y celebraron una ceremonia del «entierro del jipi» en el estilo de la del entierro de la sardina. Pero el jipismo no murió ese día. Ese mismo mes se estrenaba en Nueva York el musical Hair, que ofrecía una versión edulcorada del Verano del Amor, y el movimiento se extendió por todo el mundo. A Lugo llegó, como un eco distante, a finales de la década de 1970. Fue una ola alta y salada que arrastró a varios amigos y conocidos que, en líneas generales, no acabaron demasiado bien.

Luego, como todas las contraculturas, el jipismo se disolvió en el diseño, y lo que ha quedado de él es sobre todo una estética y unas pocas cursiladas. Algunos lamentan el fracaso de aquel experimento. Yo pienso que su fracaso es justamente el legado importante, precisamente porque es el resultado del experimento.

Las conmemoraciones de este cincuentenario del Verano del Amor se han encontrado con obstáculos. Los jipis de Haight-Ashbury son ahora ricos y les preocupaba el ruido. También costó reunir a lo que queda de Jefferson Airplane -no me extraña: de los catorce miembros que llegó a tener la banda, seis están muertos y el resto pasa de los setenta años-. Y también les falló el Dalái Lama. Al parecer estaba ya contratado en exclusiva para aparecer en Los Ángeles.