El implacable desalojo de «Cerdópolis»

Galicia vive un verano de psicosis tras la aparición en Oporto de una epidemia de peste bubónica. Se desata el furor por la higiene, del que los puercos serán víctimas


Redacción / la Voz

En el verano de 1899 cundió el pánico. Una epidemia de peste bubónica en Oporto puso en alerta a la población y a las autoridades. A mediados de agosto se estableció un cordón sanitario en la frontera para impedir el paso a cualquier persona o mercancía procedente de Portugal. Y se encargaron grandes «estufas de desinfección» para los principales puertos y las villas próximas a la raya. Una, «destinada al puente internacional de Tuy». Mientras, los ayuntamientos ponían en marcha campañas de higiene. A veces, radicales.

En Lugo, la junta provincial de Sanidad conminaba al gobierno local a «excitar al vecindario para que, como medida de prevención, desinfecte las letrinas de sus casas». «Orense acordó pedir a París 500 tubos de suero antipestoso». «Como medida de precaución higiénica se acordó cerrar las escuelas de Pontevedra». «La ayudantía de Marina de La Guardia prohibió la pesca a flote en el río Miño, adoptándose además las precauciones convenientes para que en aguas de dicho río no haya contacto con los portugueses». Centenares de órdenes y bandos recogían medidas similares por toda Galicia.

Ya se había instalado la psicosis. En Santiago, «se presentó ayer a un municipal un joven, estudiante [...] de Farmacia, denunciando como bubónico a otro joven que de Vigo llegara hace días a su posada». «En Gondomar ha sido detenido un mendigo portugués». Y «anoche se decía que en Vigo había ocurrido un caso de peste bubónica. Aquí, por fortuna, no hay más que canguelo». Desde el lazareto de San Simón escribían a La Voz los pasajeros del Thames, procedente de Buenos Aires, que estaban en cuarentena: «Reclamamos del Gobierno que se nos ponga en libertad antes de la llegada de 900 emigrantes que desde Oporto [...] vendrán a reunirse con nosotros».

El problema porcino

No solo los portugueses eran objeto del recelo. «El alcalde de Vigo publicó un bando en el cual se ordena, entre otras cosas, el blanqueo de casas, desaparición de depósitos de estiércol y cría de cerdos». Los gorrinos, siempre considerados en las ciudades como foco de infección, estaban, más que nunca, en la picota. Explicaba el corresponsal en Corme: «No tenemos agua no siendo la de los charcos, después de revolcarse los cerdos en ella, de los cuales animalitos hay unos 700 por las calles».

Nada que pudiese compararse con la situación en A Coruña, donde eran «nada menos que unos cuatro mil los animales de esa especie que llenan las cochiqueras de Monte Alto». El Ayuntamiento se puso serio y se decidió a hacer cumplir, «sin contemplaciones», la ordenanza que prohibía la cría de ganado de cerda en el término municipal, una práctica que «se venía tolerando».

En consecuencia, a la «inmensa Cerdópolis» -que así solía llamársele a esa «verdadera ciudad construida con calles, barriadas y avenidas»- se dirigieron, con el alcalde a la cabeza de la «plana mayor», concejales y decenas de guardias y trabajadores municipales dispuestos, si fuese necesario, a llevar a cabo una hecatombe porcina.

Los miembros de la cuadrilla de limpieza iban «provistos de hachas y picos y algunos llevaban teas y baldes llenos de petróleo». Pero los cerdos ya habían sido evacuados. Aunque los dueños tuvieron que ver «cómo en pocos instantes caían por tierra, a golpe de hacha y pico, las asquerosas casetas», en muchas de las cuales «había ratas que parecían por el tamaño gatos o conejos». «Fueron hallados unos 11 cerdos, a cuyo decomiso se procedió seguidamente».

Una barraca pegada a una casa «fue encontrada vacía, pero como se sospechase que el cerdo no había salido de la población, un concejal penetró en la vivienda y llamó a la puerta de un piso [...]. Le contestó desde dentro el sonoro y armonioso gruñido de un cerdo. ¡Para librarlo de la expulsión, lo habían llevado sus dueños a la sala de la propia casa!».

Al día siguiente continuaron las operaciones de «fuego y exterminio» en las cochiqueras. Las que existían en una hondonada próxima al mar «se las roció de petróleo, después de ver que estaban vacías, y en pocos instantes ardían todas, convertidas en una inmensa hoguera».

Aquellos días cruzaron los límites municipales más de dos mil cochinos, porque muchos propietarios, «al ver que la cosa iba de veras, se apresuraron a hacerlos salir de la población». Solo durante el último día pasaron por los fielatos «unos 800». Otros muchos acabaron en el matadero.

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