Como ya conté hace días, cuando tienes hijos dejas de dormir. Olvídate de entrar en fase R.E.M. hasta que se vayan de casa. Hay otras costumbres que con el tiempo vas recuperando, como la siesta, que cuando tienes insomnio se convierte en una necesidad. Ayer intentamos dormir un rato por la tarde. «Yo me encargo de los niños», dijo mi madre. Mi marido se fue al sofá. Yo me quedé al sol. Porque las mujeres hacemos varias cosas a la vez, como dormir la siesta y ponernos morenas. Cogí el teléfono para contestar algunos mensajes antes de cerrar los ojos, cuando oí a mi hijo preguntando dónde estaba su madre. «Ahí en la tumbona, haciéndose un Celia Villalobos». Mi madre, que antes de aprender a pronunciar Candy Crush se corta la lengua. Mis hijos comenzaron a revolotear alrededor de mi tumbona. Ahora sol. Ahora sombra. Es lo que pasa cuando los niños tienen mil metros de jardín para correr: que se te pegan como babosas justo cuando quieres estar tranquila. «Échale cremita a mamá, que se va a quemar», se le ocurrió decirle a mi madre. Así que mi hija, siempre servicial, comenzó a untarme las piernas, barriga y brazos. «Uy, qué bien huele esta crema». Claro que olía bien. Era queso Philadelphia. «Tranquila, que yo te limpio» fue lo último que escuché antes del chorro helado de la manguera, extendiendo el queso de manera uniforme por el resto del cuerpo que aún tenía limpio. A punto de hacerme el harakiri con la patilla de las gafas, mi marido se despertó: «¡Hay que ver lo bien que sienta una buena siesta!». Ya lo creo.