La localidad recreó el desembarco de las tropas del arzobispo Rodrigo de Luna
23 jul 2016 . Actualizado a las 11:47 h.El choque de las espadas de García de Caamaño y Gómes de Rioboo -o más bien de los intérpretes de sus papeles- sobre la arena de la playa urbana de Corcubión devolvió a los asistentes a la recreación del desembarco de las tropas del arzobispo Rodrigo de Luna a los sangrientos y heroicos hechos de julio de 1457.
El acto central de Mercado Medieval Costa da Morte, encabezado por los carballeses de Finca Montemaior y exclusivamente con actores locales, rememoró la desigual lucha entre las huestes del arzobispo compostelano y el pueblo corcubionés, bajo domino en aquella época del señor de Altamira, que tuvo en Gómes de Rioboo al héroe que se dejó la vida en defensa de los suyos.
Frente al saqueo del que hablan las crónicas en el que los invasores «robaron cuanto fallaron, asy dineros como oro e plata e ropa de cama e axuares de casa», en esta ocasión los soldados llegaron en lanchas y el pueblo los recibió con antorchas y armas rústicas, al igual que entonces, pero en lugar de un sangriento combate les esperaba un derroche de luz, color y sonido.
El grupo Troula, con sus tambores y más de 2.000 vatios de sonido, convirtió la pirotécnica y el fuego en un impresionante espectáculo, reflejado sobre el agua de la ría y con el casco histórico e Corcubión, como genuino telón de fondo vestido para la ocasión con el centenar largo de puestos que forman el mercado medieval de este año.
Quedan aún dos días más de fiesta y todo hace indicar que su éxito solo irá en aumento.
El plan para hoy: un espectáculo cada 15 minutos
Si algo hace especialmente genuino al mercado medieval de Corcubión, además de su tradición -con este van ya 16 años- y el entorno privilegiado que ofrece el casco histórico de la localidad, es la forma singular en la que están programados los espectáculos. A poco que se descuide el visitante se puede encontrar con faunos, trasnos, trapecistas, saltimbanquis, músicos, actores,... en el sitio menos esperado y sin previo aviso. Cada rincón de la villa se convierte en improvisado escenario de las interpretaciones, que se suceden al vertiginoso ritmo de una cada 15 minutos. Eso sí, prácticamente todas se repiten a lo largo del fin de semana, para que la gente pueda asistir al máximo número de ellas posibles. Además, ese derroche de espectáculo está acompañado por numerosos puestos con gastronomía de época, y la que no lo es tanto, junto con artesanos y comerciantes de lo más variado.