Nadia Ghulam: «Me sorprende vivir en paz»

Elisa Álvarez González
Elisa Álvarez SANTIAGO / LA VOZ

SOCIEDAD

XOÁN A. SOLER

Es una refugiada afgana que se hizo pasar por un chico durante cinco años para poder trabajar

15 dic 2015 . Actualizado a las 16:46 h.

Su pasaporte dice que nació en 1985. Nadia Ghulam es una refugiada afgana que durante cinco años se hizo pasar por su hermano asesinado en la guerra civil para poder trabajar durante el régimen talibán. Su historia ha sido recogida en un libro y en una película. Una bomba destrozó su hogar en 1993 y le dejó graves secuelas en todo el rostro. Ahora vive con una familia adoptiva en Cataluña, pero tiene claro que volverá a su país: «Afganistán es mi paraíso». Estuvo en Santiago dando una conferencia, para cerrar el ciclo organizado por la Asemblea de Cooperación pola Paz.

-¿Cómo era Afganistán antes de la guerra civil en 1992?

-Kabul era igual que Europa. Había gente que iba a la universidad, mi padre tenía compañeras mujeres, venían a mi casa sin pañuelo, vestían con minifalda, estudiaban, trabajaban, no pasaba nada en absoluto. En mi familia la vida no era muy distinta a la que llevo ahora en España. Pero aunque en Kabul estábamos muy bien, en otros pueblos los señores de la guerra ya luchaban contra los rusos y la gente que bajaba de esos lugares nos contaba que bombardeaban los campos y mataban a los hombres. Cuando aprendí a hablar mi madre me enseñó a rezar, y siempre pedía a Dios paz. Un día la vi muy preocupada y me dijo: hay un país muy cerca (Irán), y ahora las mujeres tienen que taparse y no pueden salir a la calle, las mujeres no van a tener mucha libertad, Nadia. Ignoraba que en su país venía algo peor.

-Y llegó la guerra, ¿qué es lo más duro que recuerda?

-Las bombas. No podíamos salir a la calle, los muertos parecían piedras. En cualquier sitio encontrabas muertos y heridos, madres que no podían salvar a sus hijos, hijos que no podían salvar a sus madres. Un caos de violencia extrema.

-Con 11 años, tras morir su hermano, decidió suplantarlo para poder trabajar en el régimen talibán, ¿qué la llevó a eso?

-Supervivencia. Cuando no tienes nada y tampoco experiencia, no sabes cuál será la mejor idea, pero vas a probar todo.

-¿Tuvo miedo?

-No tiene lógica no tenerlo, todo el mundo lo tiene, es parte del ser humano. Cada día pensaba que me iban a descubrir. Asumí un papel muy serio de comunidad, me respetaban y no sé por qué, yo creo en los milagros y en los ángeles, porque la gente me escuchaba y me respetaba.

-¿Ejercía de padre de familia?

-Sigo siendo el padre de familia. En Cataluña soy una hija con unos padres que se preocupan por si tengo ropa suficiente. Allí sigo pensando en qué debo hacer para mandar dinero o en cómo ayudar a mi familia.

-Incluso fue dura con su madre y sus hermanas.

-Sigo siendo duro (lo dice en masculino). Ahora no tanto, pero cuando estaba en mi país era la única solución.

-¿Lo entendieron ellas?

-No tanto, pero tenían que entenderlo. Era eso o nada.

-¿En qué nos equivocamos los que juzgamos desde Occidente?

-Pocas personas cuentan la voz del pueblo afgano o del pueblo sirio. ¿Cuantas veces se contó que hubo un ataque terrorista en París? ¿Y cuántas que a la mañana siguiente los franceses mataron sirios? ¿Por qué?

-¿Ha cambiado mucho la situación en su país?

-El problema es que no tenemos trabajo, no hay universidades ni alternativas. Si la comunidad internacional en lugar de enviar armas facilitasen poder estudiar y trabajar, el 70 % de los jóvenes que se radicalizan no lo harían. Y no solo en mi país. El problema en Afganistán es que el único empleo seguro es tener un arma, y te pagan en dólares. Es algo en lo que no hay paro, hasta que te mueres. Con 11 años decidí vestirme de chico para ayudar a mi familia, y estos jóvenes también necesitan ayudar a sus padres.

-Vivió como un hombre, ¿llegó a entenderlos?

-Totalmente, en Afganistán no solo las mujeres lo pasan mal, sino hombres, mujeres y niños.

-¿Qué es lo que más le sorprende de vivir en Barcelona?

-Vivir en paz, no conocía lo que era, aunque se lo pedía a Dios. Vivir en paz tiene otro sabor.