Aparcando a la romana

Roma es mi capital europea preferida. Se conjuga para ello su espectacular riqueza monumental y la cantidad de rincones bonitos con el hecho de que culturalmente me siento muy a gusto y tengo, además, muy buenos amigos


Científico

No quería acabar esta serie de artículos sin hablarles de Roma, que es mi capital europea preferida. Se conjuga para ello su espectacular riqueza monumental y la cantidad de rincones bonitos con el hecho de que culturalmente me siento muy a gusto y tengo, además, muy buenos amigos.

Tengo mucha suerte en la vida y me siento querido en mi propia tierra y en muchos países, pero creo que es en Italia donde más me aprecian científicamente. Por eso me invitan muy a menudo y suelo ir varias veces cada año a impartir charlas. Creo que tengo amigos en cada ciudad italiana y en nuestro centro hay permanentemente varios italianos, producto de esta excelente relación.

Cuando voy a Roma me hospedo en un hotel que está enfrente del Circo Máximo y a un paso de toda la zona monumental. Alina, una empleada encantadora, siempre que puede, me da una habitación en el ático con una terraza preciosa sobre toda la Roma antigua, y tiene puesta una nota en el registro que dice «ospite molto gentile» para que me traten bien si ella no está. Mi amigo Vince Pascali, con el que me une una amistad de muchos años, vive al lado, en el barrio judío, y así puedo ir andando a cenar a su casa, o vamos a tomar una pizza con otros amigos al Trastevere, que es el barrio romano por excelencia, o desayunamos cerca de la plaza del Elefantino, uno de mis lugares preferidos.

Vince y yo hicimos la tesis a la vez y pasábamos entonces temporadas largas juntos en Roma o Santiago. Con él aprendí muchas cosas y una muy prosaica, pero muy útil: lo que ellos mismos llaman parcheggio alla romana. Y es que, aunque ha mejorado, el tráfico en Roma es horrible y aparcar, muy difícil, de modo que lo consiguen hacer en sitios inverosímiles, y Vince es el máximo especialista en esa forma de aparcar.

Aprender el parcheggio alla romana me ha sido especialmente útil para poder aparcar en el hospital donde trabajo. Como casi todos los hospitales del país, el nuestro lo diseñaron muy bonito, pero se olvidaron de que la gente tiene que aparcar, de modo que o pagas precios altísimos en el párking de al lado -si no está completo- o te vas a aparcar al fin del mundo y, si llueve, llegas empapado al trabajo o te dedicas, como casi todos, a dar vueltas y vueltas intentando lo imposible, o haces parcheggio alla romana, que es lo que hago yo.

Es que creo que los que diseñan obra pública deberían ser cocineros antes que frailes, y esto lo veo en casi todo. Por ejemplo, los aeropuertos españoles, que son todos muy parecidos, están diseñados de forma cardiosaludable porque te hinchas a andar antes de llegar a la puerta de embarque. También tienen la propiedad de tener tan pocos enchufes que algunos ponen a cargar el ordenador en el servicio y, a pesar de que no es el sitio más agradable en el que estar, a veces hay cola en ellos para cargar cosas. Y qué decir de los asientos: si tienes que estar en ellos mucho tiempo, te quedas encartado y con el culo helado; tampoco te puedes tumbar en ellos cuando vienes hecho polvo de un viaje largo porque entre asiento y asiento hay un brazo metálico para impedirlo. Da la impresión de que las diseñó alguien algo sádico y me lo imagino visitando la T4 riéndose por lo bajo cuando ve los trabajos que pasa la gente para llegar a las puertas de embarque, cargar los móviles o acostarse un rato.

Lo mismo veo que pasa con las aulas de nuevo diseño. Es evidente que las hizo alguien que no dio una clase en su vida ni consultó a los que las dan. Muchas aulas nuevas, como en la que me toca dar clases, tienen dos grupos de filas de asientos, cada uno con su pantalla, con un pasillo muy ancho entre ellos, de modo que cuando hablas o te diriges a uno de los grupos y te olvidas del otro o te quedas en el centro y le hablas al pasillo. Como mis alumnos de Medicina saben que me gusta tenerlos cerca, se apretujan en uno de los sectores y hasta se sientan en el suelo delante para que les pueda hablar.

La obra pública era para los romanos una cosa muy seria y tener el sello S.P.Q.R. (Senatus Populusque Romanus, el Senado y el Pueblo Romano), una marca de calidad. Intentaban cumplir la máxima de Vitrubio, Venustas, Firmitas et Utilitas (Belleza, Firmeza y Utilidad). Así, supieron conjugar como nadie belleza y sentido práctico en la arquitectura, y aquí creo que lo de la Utilitas se nos está olvidando un poco.

Decía, mi admirado y recordado Gerardo Pereira, profesor de Historia Antigua, que se hubiese sentido muy a gusto dando clase de Historia de Roma y de paisaje urbano a los estudiantes de Arquitectura. Ya lo creo que hubiese sido útil porque, de haber cundido sus enseñanzas en los que diseñan estas obras, tendríamos un paisaje urbano más bonito y, sobre todo, una vida más cómoda con toda seguridad.

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