Los incas y el progreso

Mientras en algunos países hispanoamericanos siguen considerando a España la madre patria, en otros se populariza un mensaje indigenista


Estoy volviendo de un congreso en Sonora, México, y, cuando salió de nuevo a relucir el tema del colonialismo español, recordé mi experiencia de hace unos años con mi familia en Perú, donde fuimos de viaje aprovechando que me nombraban doctor honoris causa por una universidad de Lima. Allí pudimos disfrutar de algunas de las maravillas de ese país tan hermoso, estar con amigos y, sobre todo, estar juntos.

Entre otras cosas, admiramos Caral y sus pirámides, una cultura de hace 5.000 años, muy avanzada y que apenas tiene visitantes. También fuimos a Cuzco, que es, sin duda, la ciudad colonial más bonita que conozco. Al ser, además, Semana Santa, nos impresionó mucho ver la religiosidad de la gente y la mezcla de tradiciones indígenas y católicas. Los alrededores de Cuzco son espectaculares y cada imagen de su gente era como un retrato costumbrista que conservo nítido en la memoria.

Y, por supuesto, Machu Picchu, con la grandiosidad de su paisaje y de su arquitectura. Estoy seguro de que a los niños lo que más les gustó fue el trenecito de cremallera que llevaba allí desde Cuzco, porque, además, se estropeó, y fue toda una aventura.

Yo lo que recuerdo de ellos fue su cara de terror cuando la guía empezó a lanzar un discurso anticolonial contando lo monstruosos que habíamos sido los españoles, las enfermedades que habíamos traído, la hermosa cultura que habíamos destruido y los incas que habíamos matado. Después dijo, con una sonrisa: «Espero que no haya ningún español aquí». Mis hijos no se atrevían a levantar la mano por miedo a represalias, pero yo no pude menos de decirle: «Nosotros somos españoles, gallegos para más señas, pero no sé si sabe que los descendientes de esos españoles tan malos que vinieron aquí son ustedes, no nosotros, porque nuestros antepasados se quedaron allí y no vinieron. Y usted y todos los peruanos casi sin excepción llevan el ADN de esos que dicen tan malvados y nosotros no».

Es curioso que mientras en algunos países hispanoamericanos siguen considerando a España la madre patria y hasta nos agradecen la independencia, en otros se populariza un mensaje indigenista -la teoría del buen salvaje de Rousseau en estado puro- como un nuevo revival anticolonial, cuando desde entonces xa choveu.

La guía, por supuesto, no me entendió, y yo no pude menos que recordar el ensayo más perfecto que he leído sobre lo que es el progresismo, obra del recientemente fallecido Gerardo Pereira Menaut -que era uno de los observadores de la realidad más geniales que he conocido- y que dedicó a uno de sus hijos. En él identificaba progresismo con el avance en derechos humanos, y el hito más importante del progreso en la historia de la humanidad había sido para él la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Yo también creo que progreso es esto junto con el grado de felicidad de los ciudadanos y, aunque en lo primero vamos avanzando a duras penas, tengo mis dudas de que en un mundo tan vertiginoso y en general antisolidario vayamos por el buen camino en lo que se refiere al segundo aspecto.

Y aunque renuncié a discutirlo con la guía, no me parece que la sociedad que habían desarrollado allí los incas fuese muy progresista y, en todo caso, no habían avanzado mucho desde las pirámides de Caral, por lo que tal vez no fuese tan malo todo lo que los españoles de aquel entonces aportaron, y, de todas formas, no cabe trasladar al presente situaciones pasadas como si los valores y los pueblos no hubiesen cambiado.

Es como si nosotros maldijésemos a los italianos que hoy vienen aquí diciéndoles: «Romanos, habéis violado a nuestras mujeres, llevado nuestro oro y estaño, machacado nuestro paisaje y borrado del mapa las hermosas lenguas celtas que aquí había. ¡Sois unos genocidas!».

En cambio, como es normal, no relacionamos a los romanos actuales con los de entonces y reconocemos que, en términos de progreso, Roma fue de importancia capital en la civilización occidental y en particular para nosotros, aunque solo fuese por el Derecho romano.

Me preocupa mucho que se venda tan fácil, aún en nuestros días, el mensaje de que nuestra etnia y nuestra cultura es perfecta, que el pasado fue siempre mejor y que la culpa de nuestros males la tienen las demás, sin reconocer lo bueno de cada una y la importancia de su diversidad, y aprender de una vez por todas a convivir con tolerancia y avanzar en derechos humanos y felicidad.

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