El tren mágico

SOCIEDAD

Nada hacía prever que la frontera entre Hungría y Austria volvería a brotar como un zarza, sin embargo había algunas señales premonitorias

05 sep 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

«Europa sin fronteras desde hace 25 años». Lo que conmemoraba el mural de ese tren ya pocos lo recuerdan en el resto del mundo, aunque en su momento llenaba telediarios y portadas de periódicos. En el verano de 1989, cuando el bloque soviético estaba en sus últimos estertores, decenas de miles de alemanes del Este habían buscado santuario en Hungría. Como estos refugiados sirios y afganos de ahora, tenían la esperanza de poder cruzar a Austria y de ahí a Alemania. Las autoridades húngaras dudaron qué hacer, pero finalmente encontraron una solución ingeniosa: organizaron lo que se llamó un «Picnic Paneuropeo» en la frontera con Austria y repartieron pasquines invitando a todos los refugiados alemanes a asistir. En la fiesta habría sándwiches, refrescos y el número fuerte: la apertura de los puestos de control durante tres horas y media para celebrar «una Europa sin fronteras». Como estaba previsto, cientos de refugiados aprovecharon para cruzar a Austria ese día, y más adelante lo hicieron decenas de miles. El mundo aplaudía. Unos meses después caía el Muro de Berlín. El tren pintado de la estación de Budapest era parte de las conmemoraciones del año pasado y alguien se olvidó de dar la orden de despintarlo. Se hará ahora, seguramente.

No hay por qué creer que aquel sueño de una Europa sin fronteras no fuese sincero. Pero quizás no tenía en consideración la naturaleza de las fronteras mismas, que son casi como seres vivos. Como algunas clases de hierbas, no importa si se las arranca, vuelven a brotar si uno se descuida. Otras veces, parece que las fronteras no están ahí pero es solo que no se las puede detectar a simple vista. Los astronautas dicen a menudo que desde el espacio se ve un mundo sin fronteras, pero no es cierto. La que separa a la India y Pakistán está tan iluminada para detectar infiltraciones que se puede distinguir de noche desde la órbita terrestre, mientras que de día se puede observar en una foto satélite el contraste entre un Haití pobre y deforestado de color marrón y una República Dominicana más próspera y verde.

En principio, nada hacía prever que la frontera entre Hungría y Austria volvería a brotar como un zarzal. Sin embargo, había algunas señales premonitorias. Desde hace algunos años, por ejemplo, los biólogos observan que los ciervos siguen evitando cruzar por el lugar donde antes estaban las vallas electrificadas y el alambre de espino de la Europa dividida.

A los refugiados sirios y afganos que se amontonan en la estación de Budapest con la esperanza de coger un tren hacia Austria y Alemania les debió de parecer un milagro. El martes las autoridades húngaras habían cerrado la estación para impedirles el tránsito dentro de la zona Schengen, pero el jueves la volvieron a abrir y en uno de los andenes apareció, como por encantamiento, un tren pintado con un mural que celebraba la libertad de movimiento. Junto a un eslogan en alemán que decía «Europa sin fronteras desde hace 25 años» se veían unas figuras que cruzaban una alambrada camino de la libertad. Por toda la estación corría el rumor de que aunque se reanudase el tránsito de trenes no se iba a permitir que ninguno atravesase las fronteras. Sin embargo, este tren pintado de colores parecía un guiño, una promesa, como una alfombra mágica en un cuento oriental. Así que los refugiados se abrieron paso a codazos hacia este tren en particular. Finalmente, lleno hasta reventar, se puso en marcha camino de la frontera. Pero al llegar allí no la atravesó. Regresó a la estación, como los otros; solo que en este caso su regreso tenía el aire de un sarcasmo.