Aún recuerdo esa mañana de abril cuando te vi entrar en aquel café, el enigma de tu mirada me penetró súbitamente y cual blando fuego empezó a devorarme.
Por mi mente sigue navegando el inicio de nuestro idilio, los vocablos que día tras día susurrabas, nuestras vidas eran un manantial de xilófonos. Poco a poco fuiste desvalijando mi fragilidad, alejabas las tristezas haciéndome estallar en risas, embriagado por aquellos juegos que mezclaban las caricias y el placer.
Fuiste destapando mis secretos, mientras espiaba tus limitaciones, un duende o alquimista que asfixiaba cualquier desconsuelo, convirtiendo en alegría todo el mapamundi de mi existencia.
La diferencia de edades no parecía ser un obstáculo para izar las velas y cruzar el eufórico océano de nuestra dicha, Venecia, San Francisco, Mikonos y otros tantos lugares fueron cómplices, el maracuyá que ingeríamos para alimentar nuestra pasión.
Dejamos de ser cobardes al rebelarnos contra la sociedad y nuestras familias que escandalizadas no toleraban contemplar a dos sexos iguales conjugando el verbo amar.
Pero el tiempo, implacable como la mantis religiosa que devora a su amante, nos fue engullendo.
Tu carne se convirtió en flor huraña esquivándome y un jardín arrogante se fue dibujando en tu rostro. Entonces comenzaste a pasear la sordidez de la infamia en el cúmulo de infidelidades que noche tras noche te delataban.
El sol se fue de vacaciones sin avisar y un viento fúnebre se deslizó por cada surco de mi semblante, sucumbiendo a cada latigazo de la furia de tu juventud.
Sentí el escozor de una carta agazapada en un buzón desnudando sus miserias y no pude seguir escuchando los acordes malignos que supuraba tu boca.
Ahora miro donde la luz se deshace, temo deshacerme y quedarme confundido para siempre.
Soy la caja vacía de un desván, refugiado entre espejos fulminantes que también lloran mi desdicha.
Un horizonte que perdió su oropel, inmolado, ahogando la orfandad en el fantasma de su sombra.
José Manuel Méndez Baña. A Coruña. 54 años. Publicista y actor