No he podido resistirme. Al pasar por el cruce he cogido el camino, he aparcado al lado de la puerta y he desatado la soga que la cerraba. No me ha costado encontrarla, al fondo, entre dos floreros caídos por el viento, estaba su retrato, guapa y sonriente. Y su nombre sobre una frase: «Silvia Filgueira». «No te olvidamos».
La fecha, cubierta por las flores marchitas es inolvidable: 12 de agosto de 1990. Aquel día fui a visitar a mis primos del pueblo de al lado y uno de ellos me dejó una moto. Quedé con Silvia para ir a bañarnos al río. Ella nunca se ponía el casco, le gustaba echar a volar su larga cabellera rubia al viento y a mí me gustaba que, de vez en cuando, algún mechón de su pelo me acariciara el cogote.
Alegres, felices? y, de pronto, no sé cómo pasó, siempre me ha torturado no saberlo. Demasiado doloroso. Nunca volví a este pueblo a pesar de que todos los años paso junto a él en mis días de vacaciones camino del de mis padres. Hasta hoy.
Antes de cerrar la puerta, he vuelto a mirarla y ella me ha devuelto su sonrisa dulce de pasión inocente.
-¡Jo, papá!, ¿cuándo llegamos? Tengo hambre.
-En-enseguida, Dani. Ya llegamos.
Con voz entrecortada y ojos nublados tras las gafas de sol apenas he podido contestar a mi hijo. Mi mujer me ha mirado en silencio y ha apoyado una mano en mi rodilla. Y ha vuelto a mirarme sin decir una palabra.
De nuevo en la carretera, me he alejado otra vez más y más de ella.
«Yo tampoco te olvido».
Ángel Amaro Prieto
Guipúzcoa
61 años
Jubilado