Una gallega en el Amazonas ¿Te imaginas vivir en la Galicia de hace un siglo?
20 jul 2014 . Actualizado a las 11:34 h.«Es como si una máquina del tiempo te hubiese transportado 100 años atrás. Sin luz, sin agua corriente, sin baños en las casas, con fuego hecho sobre un cajón lleno de arena como cocina, recipientes llenos de agua de lluvia para beber. La luz y el río marcan el tempo en la selva». Así resume María Eugenia Álvarez Senra la vida en el Amazonas. ¿Dónde exactamente? A unas veinte horas de vuelo. A unos 8.500 kilómetros en línea recta. Con una diferencia horaria de 7 horas. Ahí está Iquitos (Perú. 370.000 habitantes). Pues bien, a 19 kilómetros de La Venecia pobre (así llaman a Iquitos), a una hora y media en barca Amazonas abajo, dirección Colombia, en una colina a orillas del río... Ahí está el Tucán Lodge, el albergue que en 1999 nació en la cabeza de esta gallega que ahora vive en la selva. Por casualidad se empezó a construir un 25 de julio, Día de Galicia. Lo que no fue casualidad es que en su inauguración se bebiera queimada y se asaran castañas. «Una inauguración gallego-iquiteña, en realidad, porque también comimos gusanos».
Perdida en la selva
¿Cómo es vivir a orillas del río más largo y caudaloso de la Tierra, en medio del bosque tropical más extenso del mundo? «Estamos muy cerca del Ecuador así que el día y la noche duran más o menos lo mismo. La variedad de sonidos es lo que más llama la atención. A las 4 y media de la mañana ya empieza a querer salir el sol. Entonces te despiertan los pájaros y los monos... A las cinco, cuando oscurece, empiezas a escuchar grillos, chicharras, ranas... ¡A veces el sonido de las ranas es ensordecedor!», dice nuestra gallega salvaje que no sabe si es que la selva nunca está en silencio o si es que en la selva el silencio es ruidoso.
Muchas aventuras y muchos sustos también: «Nunca pensé que un río tuviese olas hasta que viví mi primera tormenta en el Amazonas. Era una tarde de sol y todo estaba en calma pero, de repente, el cielo se nubló, se escuchó un trueno y el viento comenzó a levantar olas que sobrepasaban la embarcación. Llegamos a tierra volando, literalmente, sobre las aguas». Nos cuenta Eugenia que confiesa que esa fue la media hora más larga de su vida.
¿Cómo se lleva un albergue en mitad de la nada? No hay tendido eléctrico así que el Tucán Lodge tiene un generador pero solo se usa ¡tres horas al día! De seis de la tarde a nueve de la noche para que los turistas puedan cargar las baterías de sus cámaras. Tampoco hay neveras así que, en su lugar, hay termos muy grandes con barras gigantes de hielo. No se pueden tener productos perecederos más de dos días. En la lavandería todo se lava a mano. Se cocina con gas y con leña... «Nuestro cocinero es capaz de hacer bizcochos sin horno y no veas que esponjosos le salen». No hay agua potable y menos caliente. El agua del pozo, barrosa, se usa solo para las duchas. Para beber y cocinar hay que llevar hasta el albergue botellones de 25 litros.
«No existen carreteras que unan Iquitos con las poblaciones de la ribera. Todos los traslados se hacen por río, en embarcaciones de distintos tamaños y materiales. Son los autobuses de la selva donde viajan personas, animales y carga, todo junto. Así que, salvo que alquiles una (que es lo que se hace para los turistas), puedes viajar rodeada de mamás despojando a sus yullitos, cerdos, gallinas, racimos de plátanos, sacos de arroz y yuca... «Y, alguna vez, con un búfalo muerto presidiendo la proa».
Amazonas en estado puro
¿Y qué pasa con los bichos? «Está claro que la selva impone. Hay muchos insectos y encima son diez veces más grandes de lo normal. Un día me encontré una cucaracha metida en un vaso ¡y casi no entraba dentro! El amanecer y el atardecer son el mejor momento para los chupasangres y el peor para los que le servimos de alimento», cuenta Eugenia entre risas. A estas alturas ya tenemos claro que las mosquiteras y los repelentes son el must have de la selva.