Bondad de acero


Juan XXIII, Il papa buono como lo llaman los italianos, tuvo un pontificado corto pero consiguió dejar una estela de cariño y de amor en todos los católicos. Cuando fue elegido pontífice en 1958 ya tenía casi 77 años y pocos eran los que creían que podía hacer grandes cosas. Pero Angelo Guiseppe Roncalli, de origen muy humilde, había llegado a lo más alto en la Iglesia gracias a su tenacidad y a su bondad, como demostró siendo patriarca de Venecia. Había nacido en el pequeño pueblo de Sotto el Monte, en la provincia de Bergamo, en el seno de una familia de agricultores. En Venecia ya había conquistado a todos con sus paseos entre la gente más necesitada.

Cálido, sencillo y generoso, Juan XXIII pronto conquistó el corazón de los fieles mientras ejercía su papado de una forma nueva. Él fue el primero que visitó las parroquias de Roma y la cárcel de la ciudad mientras se enfrentaba a la curia vaticana al reducirles los estipendios. En los tiempos de la Guerra Fría no dudó en intervenir ante la crisis de los misiles de Cuba como tampoco rehusó renirse con el arzobispo de Canterbury, máximo representante de la Iglesia anglicana. En enero de 1959 convocó por sorpresa el Concilio Vaticano II que abrió la Iglesia hacia el ecumenismo y a los cambios del mundo. El concilio comenzó en octubre de 1962 y el murió al año siguiente, de cáncer.

De las ocho encíclicas que firmó destaca Pacem in terris escrita en plena Guerra Fría y dirigida no solo a los católicos sino a «todos los hombres de buena voluntad». El proceso de beatificación de Juan XXIII fue iniciado por su sucesor, Pablo VI en 1965, pero no se concluyó hasta el 2000 cuando Juan Pablo II, que hoy lo acompaña en los altares, lo declaró beato. En julio del 2013 la Congregación para la Causa de los Santos aprobó los milagros que lo llevaron a la canonización.

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