Mi vida como «esclava» en las pasarelas de China

Sara Carreira Piñeiro
Sara Carreira REDACCIÓN / LA VOZ

SOCIEDAD

La modelo Meredith Hattam relata las humillantes condiciones que sufren las chicas en la industria de la moda del país asiático

19 feb 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

«Cada lunes, Alina, una exmodelo ucraniana, nos medía una a una, y si tenías 3 centímetros más de busto, cintura o caderas, te podía expulsar». Esa era la dinámica que vivió durante los tres meses que estuvo en China Meredith Hattam, una modelo de San Diego (California) que ahora lo ha contado en Internet para concienciar a la sociedad de cómo es la vida, de verdaderas esclavas, de las modelos en China. Ella, que ahora tiene 26 años -viajó con 24- es diseñadora gráfica en Nueva York y forma parte de The Model Alliance, la oenegé que lucha por la seguridad y dignidad de las chicas en la moda.

«China es el último escalón» en la industria de la moda, y suele ser el destino de niñas de 14 años de Europa del Este o aquellas de otros países que por sus condiciones no pueden optar a las grandes plazas -por ejemplo, Meredith, que con sus 167 centímetros es «baja»-.

Pero el precio que tienen que pagar por conseguir experiencia es grande. De entrada, los agentes -en el país asiático hay más de setenta- las amontonan en pisos: «En un apartamento con cuatro dormitorios y dos baños estábamos 13 modelos. La primera noche que llegué yo no tenía una cama, solo me dieron un sofá y una manta de Gucci sucia para taparme», recuerda Meredith, quien explica que pagaba unos 350 euros al mes por ese espacio. Y es que la carrera de modelo en sus inicios es cara: viajes, visa de trabajo, apartamento... todo eso suman 7.000 euros en Europa o América, y en Asia apenas llegan a la mitad. Lo cierto es que tampoco ganan nada, y pone un ejemplo: «Estuvimos diez días en el Chengdu Internacional Auto Show. Nuestro trabajo era publicitar un último modelo de lujo llamado Kombat. Durante ocho horas, estábamos ante ese Hummer de un millón de euros con un miniuniforme militar. Por todo eso nos pagaban 150 euros, de los que el 40 % era para nuestra agencia y el 10 % para el que conseguía el trabajo; el resto era para pagar nuestros gastos». Las jóvenes recibían un dinero de bolsillo, 60 euros semanales, pero ese dinero se lo quedaba la agencia «si engordabas o simplemente decías que no a un trabajo». Si enfermaban -le pasó a una amiga tras dos meses trabajando 15 horas diarias- la agencia las llamaba al hospital para decirles que volviesen a trabajar. La presión era brutal. Lana, una europea de 16 años, estuvo comiendo solo huevos cocidos durante diez días para mantener las medidas.

Si antes de que acabe el contrato la joven se va, debe compensar a la agencia, y pagarse el billete de vuelta, y eso, «si tienes 14 años, eres de la Rusia rural, es muy complicado». Además, la agencia las mantiene en China con visado de turista y casi nadie habla ni chino ni inglés.

Meredith, recuerda, aguantó porque se pudo ir a vivir con unos amigos, y se tomó el viaje como una experiencia, pero reconoce que hay muchos suicidios y mucha prostitución.