Se presentó aquella tarde frente a mi puerta disfrazado de lobo feroz, sabiendo como sabía la debilidad que yo sentía por las historias y los cuentos. Al día siguiente apareció vestido de gaitero -me encanta la música de la gaita- y al otro se disfrazó de caballero andante -Don Quijote fue mi héroe mucho tiempo-. Aun así yo seguía creyendo que no era mi tipo, pero mis negativas no conseguían hacerle ceder en su empeño y acabé por cogerle cariño; tanto, que un día logró que cayese rendida a sus pies.
Los meses que siguieron fuimos muy felices y él siguió manteniendo la buena costumbre de sorprenderme cada tarde con disfraces variopintos que respondían siempre a alguno de mis deseos, preferencias, debilidades...
Sin embargo, nuestra historia de amor se acabó de repente. El día en que la tienda de disfraces cerró por jubilación, él no se presentó a nuestra cita. A la tarde siguiente lo esperé a la misma hora y tampoco llegó. Así durante meses. Cada vez que sonaba el timbre y al asomarme a la mirilla creía ver a alguien con un sombrero extravagante o un atuendo inusual el corazón se me aceleraba pensando que era él , pero la esperanza dejaba paso a la desolación al comprobar que no.
Una tarde decidí armarme de valor y salir a su encuentro, pero ¿cómo lo reconocería? Comprendí que, suponiendo que un día nos volviésemos a encontrar, me sería imposible saber si, de verdad, era él con tanto disfraz. Mejor hubiese sido que, desde el primer día, se hubiese presentado a cara descubierta.
Estaba anocheciendo, así que me puse el antifaz y volví a casa.
Raquel Puente Carballo
Tarragona
24 años. Periodista