Vidas paralelas


Peter Higgs y François Englert , premios Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica, tendrán que ir acostumbrándose a compartir honores: pocos dudan de su presencia en Estocolmo a fin de año para recibir el Nobel de Física. No deja de ser curioso que estos octogenarios hayan coincidido por primera vez a mediados del año pasado, en Ginebra, cuando el CERN (también galardonado ayer) anunció el hallazgo del bosón de Higgs, la única pieza que faltaba de la teoría de partículas elementales.

Nunca antes se habían encontrado este par de hombres, tan caracterizadamente disímiles como dos personajes de las vidas paralelas de Plutarco. Higgs es humilde y reservado. Bonachón. Un hombre solitario y austero que a los 84 años sigue utilizando el transporte público. Englert es extrovertido. Festivo y jovial. Risueño. Funcionan como perfectos arquetipos de las culturas anglosajona y latina. Peter Higgs abandonó la investigación científica cuando consideró, poco después de la publicación que lo convirtió en una celebridad, que no tenía nada más que decir. François Englert, en cambio, ha seguido activo hasta estos días, lidiando con lozano entusiasmo con las nuevas ideas de la física teórica (teoría de cuerdas, supergravedad), temas en los que realizó contribuciones de relieve. Una serie de eventos fortuitos llevaron a que el bosón fuera bautizado solo con el nombre del británico. Es cierto que solo él mencionó en su trabajo a la dichosa partícula, pero, como él mismo me dijo hace unos meses, las investigaciones del belga (y de su amigo Robert Brout, fallecido en 2011) conducían inexorablemente a ella. Pudiendo reservarse toda la gloria, Higgs no vaciló un instante en ser justo con sus colegas. Un gesto de grandeza que ennoblece a la ciencia.

Por José Edelstein Profesor de Física Teórica en la Universidade de Santiago

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