El dios de los ateos


Que algo no exista no quiere decir que no produzca efectos, aunque solo sean los derivados de su presencia en la cultura y el discurso. Por eso es tan difícil ser ateo, porque dios está en el inconsciente de cada uno, especialmente si es el dios del cristianismo que se fundamenta en la culpa por el asesinato del padre. Una religión del padre muerto es siempre más verdadera que las religiones que se basan en el ejemplo del hermano excepcional, como el budismo, o las politeístas. Si bien es verdad que un resto del politeísmo perdura en la religión católica mediante el culto a los santos.

El asesinato del padre funda la Ley. Es San Pablo quién afirma que «sin el pecado la Ley no tiene vida». Por eso transgresión y culpa nos hacen creyentes. La Iglesia trata con el sentimiento de culpa que habita en casi todos los humanos, sobre todo en los más honestos. Esta contradicción fue la que llevó a la religión a postular la existencia del demonio (para justificar que la culpabilidad sea mayor en los justos). Nuestro superyó nos impide ser completamente ateos. Quizás esto explique que todo el mundo, también los no creyentes, estén pendientes de la elección del futuro papa y fascinados por la pompa que lo acompaña: las normas del cónclave, las vestimentas, la fumata... Algunos de los ritos de la Iglesia se remontan a los primeros tiempos del cristianismo y, más que parecernos anacrónicos, llaman poderosamente nuestra atención. La Iglesia ha acumulado una sabiduría inmensa sobre la naturaleza humana y sabe que el triunfo de la religión se fundamenta en permanecer fiel a los principios y a la tradición, lo que exige solemnidad a sus actos rituales. La Iglesia sabe que, si se moderniza demasiado, desaparecerá. Sabe que su pervivencia consiste en defender una moral que casi nadie sigue y ser conservadora respecto al movimiento general de la sociedad.

Esto no excluye que, como poder terrenal y político, pueda acertar o errar en la elección del candidato. El cardenal Ratzinger, aceptando un cargo que no quería, acercó a la Iglesia al discurso común: «Si estás cansado, te vas». El problema de Benedicto XVI es que siguió siendo Ratzinger y diciendo lo que pensaba (como en su discurso en Ratisbona) aunque incendiara el planeta. Continuó haciendo hablar a los libros en lugar de hablarle al mundo. Siguió la vía contraria a su antecesor, Juan Pablo II, un maestro de la escena que sabía seducir a las multitudes. Tal vez el nuevo papa deba saber combinar la tradición con la sociedad del espectáculo.

Manuel Fernández Blanco es psicólogo clínico y psicoanalista

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