Llevamos seis reformas educativas, de la enseñanza no universitaria, en poco más de 30 años. Con ninguna se consiguieron los resultados prometidos y los indicadores actuales sitúan a nuestro país en pésimo lugar. Esta es la primera del Partido Popular, pues la LOCE, de finales del 2002, ni pudo entrar en vigor, ni reflejaba los auténticos principios educativos del partido. Los cambios que ahora se anuncian, sí responden al programa del PP, aunque tienen mucho más de sentido común que de carga ideológica. Cualquier buen docente que reflexione sobre la situación actual coincidirá con ellos. ¿Dónde está el sentido común? En varias propuestas: si los alumnos no entienden lo que leen, no saben expresarse con corrección, ni dominan el razonamiento matemático; hay que potenciar las materias instrumentales, suprimiendo optativas que hacen perder el tiempo. Debe abarcarse menos, pero apretar más. Si el nivel de conocimientos es pésimo, ha de fomentarse el repaso constante, principio esencial del aprendizaje. Las reválidas demostraron ser muy eficaces para ello.
Si el abandono escolar temprano es muy alto, démosle al alumno la posibilidad de elegir antes la vía de la formación profesional. Hace mucho que la «comprehensividad» ha fracasado. Si las empresas y las aulas están divorciadas, tienen que coordinarse las administraciones educativa y laboral, clásicos compartimentos estancos. El sistema de FP dual, nacido en Alemania hace más de 50 años, puede ser nuestro modelo.
Si los centros docentes son similares, hay que potenciar su autonomía y las evaluaciones externas para fomentar la competitividad y la excelencia. Si, en fin, cada día son mayores las interferencias entre las comunidades autónomas y el Estado, resulta esencial delimitar claramente competencias.
No es buen momento para reformas, pero teniendo en cuenta que, según un reciente estudio de la Fundación BBVA, el fracaso escolar se lleva el 60% del gasto público en educación, el Gobierno central no debe esperar más.