Chispazos en el coche eléctrico

Suavidad y autonomía: la cara y la cruz de los vehículos de pilas


A Coruña / la voz

Probar un coche eléctrico es una experiencia Zen. Ponerse a los mandos de un auténtico vehículo de batería resulta aséptico. El ruido no existe o al menos suena a lo lejos, como un zumbido sordo cuando pisamos el pedal, nos hallamos en estado de esterilización, de insonoridad, ni rastro de zonas de calor como en los coches de explosión, ni de ruidos, ni de aceites. Todo se mueve de forma casi mágica. He cambiado el chip, paso a modo esterilización, no hay prisa, dejo que el vehículo casi levite. Los kilómetros van pasando, no existe la aceleración, sino la progresión, la urgencia pasa a serenidad, el querer llegar a querer disfrutar.

Todo es placidez hasta que por casualidad miro la recarga de batería. No puede ser, me quedan dos rayitas de un total de 12 posibles y he conducido solamente 70 kilómetros. No es posible, paro y reviso la ruta seguida: del aeropuerto a la ciudad, una vuelta por el centro, un trayecto a las afueras y vuelta a la urbe, algo muy normal en los trayectos diarios de muchas personas que viven en el área metropolitana. Bien, que no cunda el pánico, solo tengo una electrolinera cerca para recargar, y se encuentra a ocho kilómetros, creo.

Aquella tranquilidad se transforma ahora en angustia. ¿Me quedaré sin batería? No utilizo ni la radio ni la calefacción (y eso que estamos a 6 grados fuera), no vaya a ser que me resten batería y, por tanto, metros de autonomía. Voy en modo económico. Sí, una flechita en el cuentakilómetros me dice que si voy muy suave ahorro batería. Me pitan de atrás por ir despacio, me adelantan chirriosas furgonetas. Yo solo miro las dos rayitas del salpicadero. Quedan tres kilómetros y una rayita. Creo que una gota de sudor aparece en mi frente. Acaricio el acelerador y le digo cosas bonitas. Dos kilómetros, uno, llego a la estación de recarga. Uf, ¡qué alivio! Ha sido un mal rato. Supongo que, como todos los comienzos, siempre aparece algún chispazo antes de que algo funcione. Pero bueno, ahora lo recargo en carga rápida. Solo 30 minutos en la estación, ¿solo?, bueno me vendrán muy bien para relajarme de la tensión acumulada en estos últimos quince minutos.

Enchufar el coche a la electricidad es de niños, como conectar un MP3 al ordenador. Dos enchufes, uno para carga rápida y otro para lenta. El primero recargaría el 80 % del total, pero para rellenar al 100 % necesitaremos estar seis horas «descansando».

Tras recorrer casi 260 kilómetros y tres recargas, el consumo en euros ha sido cero (gracias al Plan Mobega de alquiler), aunque en condiciones normales hubiesen sido unos cuatro euros de electricidad. Si tenemos en cuenta la suavidad de rodadura, y sus emisiones cero, puede que la idea del eléctrico no sea tan futurible como pueda parecer a pesar de que la autonomía y el tiempo de recarga juegan, todavía, en su contra. Una buena manera de sopesarlo puede ser alquilarlo. Tener a nuestro servicio un ejemplar, al menos por un día, puede hacernos ver la realidad con otros ojos.

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