Miles de personas participaron en la procesión nocturna
08 ago 2011 . Actualizado a las 06:00 h.Contaba Antonio Fraguas que, históricamente, la procesión de los faroles de Celanova era el preámbulo de la fiesta del barrio de la Encarnación. Los niños salían la víspera, al anochecer, y llevaban ramos adornados mientras un gaiteiro repartía floreos donde el mundo se llama Celanova. Aquello fue el origen de la que hoy es una de las fiestas más vistosas y celebradas de cuantas se organizan en el verano ourensano.
Poco antes de las once de la noche, la Praza Maior ya estaba hasta la bandera. La procesión no escapa a la actualidad y cada año ganan terreno las comparsas que, como ocurre en las fallas valencianas, le sacan punta a lo que ocurre en el mundo y retratan todo eso en papel que luego iluminarán.
A las once de la noche todavía hay cola en la ventana de la oficina de Turismo para recoger pañuelos conmemorativos con el eslogan «Ramallosa 2011» y los inevitables faroles con sus velas dentro. Por encima de las cabezas asoma una sirenita de papel; un Kung Fu Panda; Bob Esponja; incluso una Blackberry y un iPhone en farolera competición del tamaño de un ser humano.
Las personas se cuentan por miles y las hay de todas las edades. Mientras suena y no suena el chupinazo, que iluminará Celanova en verde, algún niño lamenta que la vela le queme el farol y tenga que apagarlo casi con las lágrimas; forma parte de la puesta en escena.
A las 23, con puntualidad británica, la tierra de Celso Emilio se queda a oscuras. Y solo la luz que desprenden miles de faroles le da a una noche de verano una agradecida penumbra. Alumbra entonces una gigantesca lámpara de Tiffany?s; imponente el barco de los piratas Chin Pum, piratas do Arnoia; un pepino que reivindica el producto patrio; el monasterio de Ramirás. Justo delante de un cubo de Rubik hay una botella de Hard Licor Café. Y, por haber, hasta se levanta sobre el suelo de Celanova un guardia civil de Tráfico parapetado por una señal de 110.
Desde la terraza privilegiada del café bar Xamón, propios y visitantes ven pasar la comitiva de faroles como una Santa Compaña festiva. No es el sueño de una noche de verano porque este agosto es otoñal. Pero el calor que le falta al verano lo ponen los faroles de papel.
antonio aiguader