Crepúsculo en el fin del mundo

La Voz

SOCIEDAD

Vilagarcía propone un atardecer suave de mojitos, playa y acordes

05 ago 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

Si el asunto del Café del Mar funciona a pedir de boca en Ibiza, no se comprendería que no triunfase algo parecido en el país del fin del mundo. Si el crepúsculo les mola a los teutones que gastan Mediterráneo, agua caldosa y mochila de plateados correajes, qué no hará en un lugar en el que la caída del sol en el mar causaba espanto sin nombre entre las legiones de Décimo Junio Bruto hace cosa de dos milenios.

La teoría está bien, pero eran pocos, muy pocos, quienes hace apenas un par de años creían en el aprovechamiento bien entendido del crepúsculo en la playa de A Compostela, término municipal de Vilagarcía. El esfuerzo de aquel puñado de gente demostró algo sencillo pero importante: el desplome del astro rey tras la sierra de Barbanza era capaz de atraer hasta el arenal a un buen número de personas, de un sorprendentemente amplio arco de edades, en busca de una copa sin estridencias y una banda sonora a la altura de un cielo que se viste de terciopelo antes de irse a dormir. Anoche, el espectáculo se repetía con la presencia incómoda del orvallo pero la constancia persistente de las buenas ideas.

Un tipo yace a la romana tratando de encender un pitillo. De no ser porque minutos antes se ha agenciado una esterilla de almacén sobre la que disponer a dos boquiabiertas mozas y tratar de camelar a tan grata compañía, cualquiera diría que el grimoso fulano acaba de caer del caballo camino de Damasco. Es un hostelero, antiguo descreído, que hoy milita en las filas de la asociación local del gremio y canta las alabanzas de la ocurrencia al flamante regidor: «Alcalde -le dice nuestro personaje, de alegres costumbres y pensamiento por etapas- hay que hacer más de estas».

Mayor o menor implicación institucional al margen, la idea de aprovechar la puesta de sol para atraer al gentío hacia la playa es sobresaliente. Y la cosa, naturalmente, funciona como lo hizo en las dos ediciones anteriores. Mobiliario ligero de inconfundible aroma escandinavo, una suerte de mamparas que acotan un espacio extrañamente cerrado en una playa abierta, ciertas llamas que guían al personal en la penumbra, mojitos cuñados por el primo de Batman y cócteles sin alcohol para el personal más cauto.

Suenan en la noche tonadas conocidas de apariencia suave y elegante. «Güen de mun is in de seven jaus», sobre la que Raphael vertió su inconmensurable genio, parece aquí otra cosa. El oído entrenado descubre la melodía oculta bajo tan amable envoltorio: «Pam, pam, pam / pam, pam, pa-pam». Versión al gusto del último Ritchie Blackmore, que bebe aires folquis donde antes trazaba humo sobre el agua. Carly Sartal apunta una novedad: masajes del SPA Arrullos del Agua entre evanescentes cortinas. Sugerente aportación a lo Espartaco. Humm.

serxio gonzález

La idea de aprovechar la puesta de sol para atraer

al gentío hasta

el arenal ha tenido gran aceptación