En mi condición de biógrafo de la lamprea, estoy siempre atento a cualquier referencia que aparezca sobre ella. Esta vez es en la revista Galicia Emigrante, que en uno de sus primeros números recoge un artículo de Emilio Álvarez Blázquez. El autor nos habla de Pero de Frinxo, «un hidalgo del Miño, señor de largas vegas y molinos que según las crónicas fue el más sabio aderezador de lampreas» y dio incluso «una receta de la lamprea redactada en bajo latín». Nos habla también del padre Pinto, párroco allá por el siglo XVII, que desde el púlpito apabullaba a sus feligreses: «Siempre por Cuaresma nos llegará esa tentadora sierpe, carne, verdadera carne del mal, disfraz del propio maligno que nos hará caer en pecado de gula y pondrá en peligro nuestro sosiego y renunciación». No he sido capaz de averiguar nada sobre Pero de Frinxo ni del padre Pinto. Algunos amigos de Álvarez me dicen que él, como sus colegas Cunqueiro y Castro Viejo, era muy dado a fabular. En cualquier caso, si el padre Pinto amenazaba así a sus parroquianos, que nadie dude de que algo sublime había en hincarle el diente al singular petrócimo cocinado en su famosa salsa negra. Los gallegos, y los que no lo son todavía, pueden, en los primeros meses del año, seguir desvelando ese misterio gastronómico en las riberas del Miño o del Ulla.