Éxito al primer intento. Los ingenieros rusos sabían de la dificultad de la gesta e incluso estaban preparados para lo peor, ya que los precedentes no eran alentadores. De los 42 perros que la antigua Unión Soviética había enviado al espacio, 20 habían muerto. Yuri Gagarin tenía casi una de dos posibilidades de correr la misma suerte. Pero tuvo la fortuna de los héroes y saltó en paracaídas antes de que su cápsula se estrellase en la estepa siberiana, lo que, por otra parte, estaba previsto, aunque las autoridades rusas lo ocultaran para no restarle protagonismo. Aterrizó en Tajtarova y su presencia imponía. Había caído del cielo y aparecía en la tierra con un mono naranja. La escena fue observada por una campesina y su nieta de 4 años que, luego del asombro inicial, se acercó para preguntarle: «¿Viene usted del espacio?». Y Gagarin le contestó: «Ciertamente sí, pero no se alarme, soy soviético». Su rostro sonriente tranquilizó a la anciana, que años después recordó los hechos: «De pronto vi a ese monstruo anaranjado con una enorme cabeza que avanzaba hacia nosotros».
Después de su gesta, Yuri Gagarin se convirtió casi al instante en un héroe soviético y en un icono mundial. Adquirió una fama sobresaliente que fue utilizada por la propaganda del régimen, quien le atribuyó durante su estancia en órbita la frase «Aquí no veo a ningún Dios».
El astronauta, de naturaleza amable y sencilla, también fue manejado durante la promoción que el régimen comunista le proyectó por ciudades de todo el mundo, donde fue recibido de forma triunfal.
«Gagarin ha sido para los soviéticos el proyecto de propaganda más exitoso», asegura su biógrafo, Lev Danilkin. Murió en 1968 cuando pilotaba un avión de caza.