Karl Reinhard y yo renunciamos a la cumbre del Nanga Parbat en 1980 para salvar la vida del francés Berhault, víctima de un edema pulmonar. Pero más milagroso fue el rescate de José Isidro Gordito 18 años después. Estaba solo, no había cuerda y es peor el edema cerebral que el de pulmón. Nuestras posibilidades en el Nanga eran casi nulas.
El mayor riesgo con el edema cerebral es la descoordinación mental y de movimientos. En la cumbre lo había visto raro, pero creía que era cansancio. Todo parecía ir bien. En la bajada iba detrás de mí. A 7.800 metros me paré a esperarlo. Miré hacia atrás y había desaparecido.
Más de una hora, tal vez dos, tardé en encontrarlo. Había caído unos 50 metros al otro lado de un contrafuerte, pero se detuvo justo antes de un cortado vertiginoso. Dos costillas fracturadas y un crampón roto. Le enseñé mi mano con dos o tres dedos extendidos y le pregunté cuántos veía. Respondió que veía doble. Me di cuenta de lo que se nos venía encima. Tenía alucinaciones. En un momento dado arrojó el crampón averiado al vacío. A cualquier alpinista que lea esto se le pondrán los pelos de punta. Yo, otra locura, le cedí el mío. Pero quedaba sin una extremidad. Tuvimos que pasar dos noches más a 7.400 metros hasta dar con el crampón, arreglarlo y seguir.
Lo encontró él al tercer día. De lo contrario, ¿qué hubiese pasado? Uno de los dos, el que renunciase al crampón, se hubiese quedado allí para siempre. Pero José no habría podido bajar sin ayuda. Si le cediese el mío, no llegaría muy lejos, y yo, claro, aún estaría allí congelado. En caso contrario? bueno, es que ni lo concibo. Complejo dilema: ¿Quién se salva? ¿Lo echamos a suertes?
Tres noches a esa altura pasan factura. El edema empeoró. José había perdido el sentido del equilibrio y apenas se tenía en pie. Yo llevaba todo el peso: su saco de dormir (sin él estás muerto), el gas, los víveres?
Desde abajo, en el campo base, muchas personas, alpinistas y residentes locales, seguían el drama desde hacía días como si fuese una película de miedo. Alguien me dijo que intentase salvarme, que los dos era imposible. Desconecté la radio con frialdad, sin sentirme ofendido.
Si no encontrábamos la tienda moriríamos de frío. Me adelanté a buscarla. Noche cerrada. Y niebla. Muy espesa. De pronto, las cuerdas fijas y heladas se bifurcaban. Una a la derecha y otra a la izquierda, se hundían en la noche inescrutable. Una de las dos conducía a la tienda; la otra, a un final atroz. Dudé casi media hora. Elegí al azar. Me descolgué por ella hacia un negro abismo de niebla. No había marcha atrás. Y hasta que no vi la tienda con mis propios ojos no me convencí de que por lo menos iba a ver amanecer una vez más.