Visita al planeta rojo

La balsa de San Cibrao, sometida a rigurosos controles de seguridad, recibe cada día 3.000 toneladas de vertidos de Alcoa, molesta por las comparaciones con Hungría


san cibrao/la voz.

Hace ya treinta años que el proceso de transformación de bauxita en alúmina envía diariamente a la balsa de San Ciprián cientos toneladas de material inerte. Actualmente, por alguno de los 60 cañones que bordean el enorme lago sin vida se vierten unas tres mil toneladas de barros rojos cada día, un proceso similar al que provocó la mayor catástrofe natural en Hungría hace dos semanas y que Alcoa asegura que es imposible que se produzca aquí.

Al pie de la balsa impresiona ver el vertido del barro líquido, siempre junto al dique. Caliente y viscoso, desprende un olor tenue y seco que tinta de color teja la enorme balsa, roja en su perímetro y azul en el interior. «Nunca dejamos que el agua se acerque a menos de 40 metros del dique», asegura el director del complejo de Alcoa en San Ciprián, Rubén Bartolomé. Esa es quizás la principal diferencia con los casos de Hungría y Aznalcóllar. El barro se solidifica y el agua empuja contra el deshecho, ya sólido, lejos del dique.

La instalación ha alcanzado ya la cota 80, es decir, durante todos estos años de explotación, la deposición de residuos ha llegado ya a los 80 metros de altura, no mucho menos que la catedral de Santiago. Y aún le quedan otros cuarenta para crecer. Aproximadamente, la balsa aumenta su estatura en un metro cada año.

Barro sólido

Sin embargo, la cantidad de agua es mínima, explican en Alcoa; toda esa profundidad ha sido ocupada por el barro rojo, sólido. Se calcula que los primeros 40 centímetros los forma barro muy fluido; los siguientes tres metros, material en fase de compactación y, a partir de ahí, hacia abajo, barro sólido.

El viscoso compuesto rojo que cae sobre la balsa produce una pequeña nube vapor, que se eleva con cada regurgitación del tubo que escupe. No hay más actividad sobre la superficie. Ni burbujeos, ni emisiones apreciables a simple vista. Por algunas zonas sólidas, el barro se ha cuarteado, a la espera de recibir el próximo vertido. En función de los trabajos que siempre están ampliando la capacidad del dique o de la balsa, se elige uno de los más de sesenta cañones que vierten. Solo uno, los demás esperan. El vertido lo forma el sobrante de la bauxita sin la alúmina, mezclado con agua hasta que rebaja su densidad al 55%, lo necesario para ser bombeado desde la fábrica.

El dique no es de hormigón. Ha sido levantado con pedraplén. 400.000 toneladas, según la empresa, que siguen apilándose para ampliar su capacidad. El muro, por lo tanto, filtra. El agua que supura es la que escupe la balsa por la compactación del barro y que se recoge en una estación depuradora cercana.

Al mar antes de dos horas

La batería de controles y auditorías externas que genera la gestión de la balsa, es notable. Sin embargo, su peligro potencial es innegable. Un fuerte terremoto, por ejemplo. ¿Qué pasaría con toda esa riada de barro bajando montaña abajo?: «Nuestros cálculos, hechos por empresas externas, prevén que el barro llegaría a la carretera en una hora y quince minutos», explica Rubén Bartolomé. La carretera separa la ladera que ha ido creando el dique de una de las piscifactorías más grandes de Galicia, que quedaría sepultada por la riada. La avalancha llegaría al mar antes de dos horas desde la eventual catástrofe. El plan de emergencia solo prevé evacuar la piscifactoría. Ninguna otra vivienda se vería afectada.

El agua de la balsa es extremadamente ácida. Algo menos que la que arrasó el valle húngaro, pero, según Alcoa, el pH ronda entre el 10 y el 12, (el 14 es el máximo, el 7 es el neutro). De momento, la empresa nunca fue denunciada por el efecto que el agua de la balsa pudiera producir en el entorno. El perímetro está sellado con polietileno allí donde no se recogen las filtraciones y los controles freáticos, dice la empresa, nunca ofrecieron motivos de alarma. «Esto no es Hungría», señalan en Alcoa.

Más allá del barro que se bombea desde la planta, por la carretera que la separa de la balsa, discurren los suficientes camiones cargados con residuos como para que el vial y sus márgenes, toxos y eucaliptos, principalmente, hayan adquirido un color rojo balsa. Son los efectos colaterales de la explotación que, por la zona, la mayoría entiende: «No hay industria sen contaminación», dicen por allí.

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