«Mi padre era ferroviario y tuvimos una casa bajo las vías»

Ana Rodríguez REDACCIÓN/LA VOZ.

SOCIEDAD

Cecebre era el destino de la familia de Francisco Gómez Seijo cuando vivía en Galicia. Desde Madrid, un objetivo invariable: A Coruña

28 jul 2010 . Actualizado a las 02:39 h.

Contesta rápido: «Los escornabois, claro. Les tenía un miedo...». Y enseguida: «Y Vitorino». ¿Quién es Vitorino? «El jefe de estación de Cecebre. Pasé con él muchísimas horas y me enseñó a leer, a escribir». Porque Gandy, el músico coruñés, mientras vivió de niño en A Coruña veraneaba en Cecebre, en un chalé alquilado pegado al apeadero y que quedaba algo enterrado bajo las vías. «Es que mi padre era factor de Renfe», explica. Suena raro eso de pasarse todo el invierno trabajando en una estación para luego marchar a veranear junto a otra. «Eso es por la imagen que tiene ahora el tren, pero antes era otra historia, un rollo mucho más bucólico. El tren era sinónimo de unión, de encuentros, de despedidas, de llegadas... Y mi padre era un apasionado de su trabajo», explica Gandy. Y sigue. Nostálgico: «Falleció hace dos años. Era un hombre excepcional. De una familia muy humilde. Fíjate que se metió en la Renfe para que le salieran gratis los billetes, y ya trabajando sacó la carrera de aparejador». Fue entonces cuando cambió la vida de la familia, de Gandy y de sus tres hermanos porque, «al tener carrera, ascendió tanto que no había puestos para él aquí, se convirtió en inspector de vía y obras y nos tuvimos que ir a Madrid». Entonces los veranos también cambiaron. «Veníamos sí o sí a Coruña, a casa de las abuelas. Me es imposible recordar un veraneo fuera de Coruña. Mis padres, mientras estuvimos en Madrid, tuvieron siempre muchísima morriña. No se acostumbraban. Y entonces veníamos y nos repartíamos los cinco entre las dos casas, la de la abuela Celia o la de la abuela Nieves. Y siempre estábamos en Riazor. Riazor es sinónimo de verano para mí. Yo siempre estaba con mis dos hermanas, porque mi hermano ya era mayor y tenía otros planes», recuerda Gandy, que asocia los juegos en la calle a «la continua advertencia» de su madre o de alguna de sus abuelas de vigilar a las dos pequeñas. «Es que yo me pasaba el verano cuidándolas, incluso cuando con el cuatro latas que tenía mi padre íbamos a la presa de Cecebre o a la playa de Miño». A la casa que alquilaban junto a la estación volvió Gandy hace dos o tres semanas con su madre. «Y aún estaba allí. ¡Qué recuerdos! Es que han pasado más de cuarenta años».