La isla de las collareiras levantiscas

SOCIEDAD

Cualquiera que haya pisado A Toxa las conoce. Su artesanía de conchas es todo un símbolo. Hoy, el primer reglamento de su historia las mantiene divididas y enfadadas

21 jul 2010 . Actualizado a las 03:49 h.

Lo que sigue es un recuerdo infantil. La imagen impresa en la memoria de un crío de once primaveras que, a comienzos de los ochenta, visitaba por primera vez A Toxa a bordo de un autobús. Quinto o sexto de la extinta EGB. Año I antes de Naranjito. Colegio Santiago Apóstol de Narón. Excursión de fin de curso en las Rías Baixas. Un chaval desciende despistado las escalerillas del autocar, blandiendo un billetazo de cien pesetas, de aquellos que adornaban el cráneo mondo y lirondo de Falla y uno apenas cheiraba en aniversarios y otras ferias. Sin previo aviso, un grupo de mujeres le rodean. Hablan rápido, casi cantan. Un minuto después se esfuman. En una de las manos del anonadado sujeto, varios collares de conchas y un cenicero en plan vieira. En la otra, la vuelta en forma de monedas gruesas, de 25 y a duro. El comprador no sabe muy bien qué ha pasado, pero introduce el lote en el bolsillo y tira millas en busca de sus compañeros sin musitar una protesta. Su madre y su hermana estarán encantadas. Su padre repicará agradecido los Ducados sobre el exótico regalo hasta que el facultativo ponga fin a tanto vacile humeante varios lustros después. Estas collareiras de la isla meca saben bien lo que se hacen.

En casi treinta años las cosas han cambiado, aunque no tanto en A Toxa. Las collareiras siguen en su sitio, como el Gran Hotel o la capilla de As Cunchas. La primera referencia a su actividad se remonta a 1920. Una nota de prensa se detenía entonces en una costumbre ancestral, la confección de adornos a base de conchas recogidas en las propias playas de O Grove, y en otra práctica, que comenzaba a ganar cuerpo: su venta a los visitantes. Ocho décadas ha tardado esta peculiar fórmula de artesanía en contar con un reglamento propio. Pero al fin ha llegado. La corporación municipal acaba de aprobar la primera norma que ordena la labor comercial de las collareiras. Pero no todas están de acuerdo. Tal vez el turista no lo note, pero entre las mujeres hay mar de fondo. Y es gruesa. Maruxía a forte maruxía, que diría Pemán.

«Eu xa estou pagando polo réxime do mar, e agora queren que paguemos por isto todo o ano, ¿de que?», rosma una vendedora tirando de su carrito junto a un provecto individuo, que pedalea una bicicleta y asiente. Este es uno de los problemas que más división generan. El reglamento obliga a quienes se dediquen a estos menesteres a darse de alta como autónomos, anotarse en el registro de comercio ambulante de la Xunta, cotizar algún seguro y figurar en el censo de collareiras de O Grove.

Solo artesanía propia

Otra mujer, que despacha desde un puesto cercano a la capilla, calcula que la comercialización de collares de elaboración propia, muy baratos, jamás será suficiente para «pagar os douscentos euros e pico que teriamos que poñer polo de autónomos». Porque la norma obliga también a las hacedoras de collares a vender únicamente artesanía propia. Nada de pulseras, bisutería. Mucho menos, conchas traídas de los mares del sur. La verdad es que la vendedora que nos atiende no engaña a nadie. «Fillo, lévalle este collar á túa moza, estes son de aquí, nosos». Valen doce, ocho, cinco euros o lo que el cliente sea capaz de regatear a la baja o por un lote. Una señora se hace así con dos pares de pendientes por doce eurillos. Ninguno está confeccionado con producto del país. «¿Non o ves? Aí tes o que che dicía», sentencia la collareira.

De todas formas, a estas mujeres no hay quien las toree. Por mucho que uno quiera hacerse pasar por turista, quemado por el sol y con aire de alemán desangelado, a la tercera pregunta te han calado: «Oes, ti sónasme moito, ¿non virías xa da televisión por aquí?». Una compañera se arrima al puesto. «¿E logo que quere o señor? A min tamén me parece que o coñezo». Con la música a otra parte.

Esta opinión revirada no es, sin embargo, unánime. Socorro lleva toda la vida en esto y no alberga la mínima duda: «Estou encantada porque levamos anos loitando para que se recoñeza isto». «Pero -zanja- teño que te deixar porque haiche moitos clientes». Primero lo importante. Pura lógica.

Algo más allá otra mujer oferta caracolas pardas, sin alardes coloristas ni formas extravagantes. «Son de aquí, veñen coas redes dos mariñeiros». En su interior resuenan los siete mares con acento de las rías. A diez metros, en cambio, aguardan sobre un tapete enormes conchazas con más pinchos que la ropa interior del cantante de Iron Maiden y una gruesa abertura con pinta de salchicha doble que para sus morros quisiera Carmen de Mairena. Esto no lo han visto crecer ni en el Corral de la Pacheca. Pero al personal no parece importarle tanto. Depende. Unos compran, otros no. Nosotros nos hacemos con un collar del país. Quién sabe, tal vez al socaire del Mundial repitamos aquel triunfo ochentero.