Si el vertido de petróleo del golfo de México acaba afectando al río Misisipi, Nueva Orleans, que depende de la pesca y cura aún heridas causadas por el desolador huracán, tendrá grandes dificultades para levantarse
23 may 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Cinco años después de sufrir la devastación del Katrina , la ciudad de Nueva Orleans continúa sumida en un lento proceso de reconstrucción. La posible llegada del petróleo a su costa podría retrasar aún más la resurrección de la cuna del jazz.
Según un estudio realizado por la asociación medioambiental de Greenpeace es altamente probable que el vertido de petróleo que desde el pasado día 20 fluye sin control en el golfo de México acabe echando raíces en el delta del Misisipi. Si lo hace, los efectos para el ecosistema serán devastadores. Para la ciudad de Nueva Orleans, cuya vida gira en torno a este río navegable, será además el final de una resurrección imposible.
Han pasado casi cinco años desde que el huracán Katrina reventó las entrañas de esta ciudad. Desde entonces algunas cosas han cambiado en la cuna del jazz. Las más importantes, sin embargo, permanecen igual. Inmersa en un lentísimo proceso de reconstrucción, Nueva Orleans sigue siendo a día de hoy una ciudad que avanza en la dirección correcta, pero a paso funerario. En el Ayuntamiento, por ejemplo, los aires de cambio llegaban esta semana con la elección del primer alcalde blanco desde hace décadas, todo un hito en una ciudad donde dos de cada tres personas son de origen afroamericano.
Por otro lado, el turismo ha conseguido mejorar e incluso, recientemente, la empresa de cruceros Royal Caribbean anunciaba su regreso al puerto local tras más de cuatro años de ausencia. «La verdad es que todo apuntaba a que empezábamos a levantar cabeza, y ahora nos cuentan que seguramente el vertido de BP afectará al Misisipi y ya no podremos vender pescado ni comer ostras», afirma Molly, una camarera local que hasta hace solo un año había permanecido exiliada en el estado vecino de Tejas. «Tras el huracán me fui a Austin, pero me di cuenta de que si me quedaba allí siempre me considerarían como una ciudadana de segunda. Había dos formas de clasificar a la gente originaria de Nueva Orleans: aquellos que llegaron antes del Katrina y los que arribaron después».
Casi dos mil fallecidos
Según datos del censo de la ciudad, se calcula que aproximadamente cien mil personas, un tercio de la población original, no regresaron después del huracán. Este éxodo masivo es especialmente evidente en el distrito del noveno nivel, el más afectado por el Katrina y donde residían buena parte de las 1.800 personas que fallecieron durante el huracán.
«La mayoría de ellos siguen a día de hoy sin tener una tumba digna y es por eso por lo que yo he decidido hacer mi propio homenaje a mi familia», se lamenta Robert Green, de 54 años, que perdió a su madre y a una de sus nietas a causa del Katrina .
A su nieta la vio desaparecer en un pozo de agua pocas horas después del inicio de la tormenta. A su madre, tras más de tres horas de lucha durante las que trató de practicarle el boca a boca en varias ocasiones. Ahora, los nombres de ambas mujeres se encuentran grabados en piedra en una tumba casera que Green ha colocado a los pies de una enorme bandera en el porche de su casa. La imagen es extraña porque el santuario no pega con la casa, un edificio moderno con cierto aire a Moneo.
El contraste tiene su explicación. Green es uno de los pocos afortunados que han tenido acceso a una de las casas construidas por Habitat for Humanity, una oenegé que levanta edificios sostenibles y cuya cara más visible es el actor Brad Pitt.
Antes de poder residir en esta casa, Green tuvo que permanecer tres años turnándose con su familia para ocupar uno de los tráileres otorgados por la Agencia de Emergencia Federal Estadounidense (FEMA). «Fueron años duros, porque vivir así significaba renunciar a mi profesión. Soy contable y no era plan recibir a los clientes en el tráiler. Ahora soy también activista y trato de ayudar para que mis antiguos vecinos regresen cuanto antes», asegura este hombre cuyo salón preside una foto del presidente Obama.
Elevado índice de criminalidad
Pero la vuelta a una ciudad que en estos momentos ostenta el mayor índice de criminalidad de todo el país no es tarea fácil. Quizá por eso en la calle Delary, a dos manzanas de donde vive Green, decenas de casas agonizan destrozadas sin ventanas ni puertas. «La gente no regresó no porque quisiera quedarse en otro lado, sino porque la mayoría de ellos siguen todavía peleándose con sus aseguradoras para que les paguen las reparaciones», explica Tanya Heirs, quien habita la única vivienda que todavía permanece abierta en su bloque. «Yo tuve suerte porque mi seguro pagó pronto y no tenía hipoteca, pero muchos tuvieron que irse porque el banco acabó quitándoles la casa por no pagar a tiempo los plazos».
La lentitud con que muchas aseguradoras atendieron la mayoría de solicitudes en Nueva Orleans podría servir de lección para las prometidas indemnizaciones de BP: «Yo exigiría que la petrolera pagase inmediatamente y por adelantado, porque una vez que la tragedia no esté en los telediarios, conseguir algo será difícil», asegura Molly, que denunciará a la compañía.
Hay otra lección que la tragedia de la plataforma Deepwater Horizon podría enseñar también a una ciudad demasiado acostumbrada «a darse cuenta del peligro cuando ya está encima». Así, del mismo modo que el huracán Katrina puso en evidencia los problemas de un sistema urbanístico que construía casas sobre tierras pantanosas, también el vertido de BP debería servir para llamar la atención sobre el alarmante número de plataformas que operan en una costa de cuyas aguas procede el 30% del pescado nacional.
«Es inconcebible que la gente no se haya levantado antes en contra de este abuso», lamenta James Tohth, que tiene plantado en su jardín un cartel contra la plataforma Atlantis. Considerada como el tercer yacimiento más importante de EE.UU., del estómago de esta plataforma salen diariamente 200.000 barriles de petróleo. Solo hay un problema. Atlantis está en la llamada ruta de los huracanes, lo que la hace especialmente vulnerable. «Era lo que faltaba -ironiza Toth-, sufrir un huracán y que lloviera petroleo».