La Festa da Auga congregó ayer a miles de personas que le hicieron los honores a San Roque y que se afanaron en gozar de las ingentes cantidades de líquido arrojadas
17 ago 2009 . Actualizado a las 20:10 h.Doce meses de paciente espera han valido la pena. Los vilagarcianos, y los que ayer se citaron en la ciudad con el pretexto de remojarse en la Festa da Auga, tuvieron su jornada soñada. Un sol radiante, una víspera en sábado noche, muchas horas de fiesta y, ante todo y sobre todo, agua a raudales.
El rito de acompañar y esperar la figura de San Roque en las inmediaciones de la capilla recordaba ayer a festejos andaluces. Calor, nervios y culto para dar la bienvenida a uno de los grandes protagonistas de la semana grande de las fiestas vilagarcianas, que además actúa como indicador del comienzo oficial del torrente de agua.
Media hora tardaron en trasladar la imagen desde la iglesia parroquial hasta su destino, pero viendo la gente que se agolpaba sobre el asfalto ya mojado parece lógica la parsimonia exhibida.
Primero, el himno gallego
Tras los ecos de Breogán en el himno gallego, cantado al unísono por los presentes reunidos, las miradas se alzaron a lo alto de la grúa instalada para la lectura del pregón. En esta ocasión fueron dos los rostros conocidos que inauguraron la fiesta: Pilar Rubio y Róber Bodegas, aunque solo los rostros. La voz y la figura las pusieron dos vecinos de la localidad que lograron mantener el anonimato hasta el final. El pregón se centró en los grandes consejos para los que se iban a empezar a empapar de un momento a otro. Llovió vino, cerveza y, obviamente, agua.
Ese fue el chupinazo de las fiestas hecho caldero. Afloraron por ventanas y balcones mangueras, tinas y recipientes mientras a pie de calle se imploraba agua, echando mano incluso de danzas tribales diseñadas para la fertilidad de la tierra.
Cualquier artilugio era idóneo para seguir regando a los compañeros de batalla e incluso hubo quien vio en los charcos auténticos manantiales de donde sacar nuevas reservas.
A la «rave» en bañador
Esta vez no hizo falta vestir de etiqueta ni lucir indumentaria con tono blanco ibicenco. La gran fiesta, el gran local de moda de Vilagarcía, fue descapotable. Dicen que al aire libre los espectáculos son mejores y tanto la céntrica plaza de Galicia como la irreconocible calle de A Baldosa se transformaron en una gigante pista de baile.
Tres camiones de bomberos irrigaron hasta la hora de comer a todo el que osó plantarse bajo sus chorros. Salvo algunos sustos oculares por la fuerza del agua a presión, las únicas quejas que se oían eran las del cántico: «Aquí no llega», hecho resuelto al instante por los portadores de las mangueras.
Bikini o bañador, calzado a elegir -casi todos con deportivos- y camiseta conmemorativa -accesorios y disfraces al margen- conformaron el equipamiento de los que exprimieron hasta la última gota de la fiesta. Música electrónica para una rave con sello de garantía propio que catapulta a este cita a lo más alto de los ránkings veraniegos.
Impresiona la capacidad de aguante de la marabunta humana, la insaciable sed de agua de la mayoría y sobre todo el hecho inconstatable de que esto va a más.
En resumidas cuentas, una bacanal de hidratación colectiva que no hace miramientos sobre los que elige para ser empapado. Lo mejor, que el guiño del cielo en forma de sol radiante se convierta en fijo y que el hermanamiento entre desconocidos siga repitiéndose durante muchos años más. Y es que lo que una ducha colectiva ha unido, que no lo separe un resfriado.