Guatemala estaba al final de la ruta

SOCIEDAD

A familiares y amigos Manuel Albela les fue «dando pistas» durante años para que irse al Sur no los pillara por sorpresa. Ahora asesora en informática en Centroamérica

28 dic 2008 . Actualizado a las 14:00 h.

Teclados, pantallas y sistemas de información también cuentan en la cooperación internacional. Como lo hacen botiquines, palas, alimentos, redes de alcantarillado? Habrá, seguro, quien se pregunte qué hace un informático en Guatemala, vinculado a la ayuda al desarrollo y trabajando, además, en aquello para lo que se ha formado. Es Manuel Albela, desde los veinte años vinculado a tareas de ayuda, primero en su ciudad, Ferrol, y desde primavera en el corazón de Centroamérica.

Facilita allí servicios de mejora de sistemas de información, programas y proyectos con los que trabaja la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Aecid), a través de una beca de la Xunta. «Tomé una de las decisiones más importantes en mi vida, dejé a mi familia, mis amigos, mi trabajo y mi tierra por lo que mi corazón me dictaba desde que tenía uso de razón, dedicar mi vida profesional a intentar mejorar las condiciones de vida de los que más lo necesitan», cuenta.

Ese paso no lo comprendió todo el mundo. Manuel Albela es el menor de tres hermanos. «Después de vivir toda mi vida con ellos, es difícil ver que el hijo pequeño toma la decisión de irse a la otra punta del mundo a hacer algo que mucha gente no entiende, pero durante años he tratado de ir dejando pistas para que esto no les viniera por sorpresa y tengo que agradecer todo el apoyo que me han brindado desde el principio, entendiesen o no mi decisión».

Esas pistas empezaron ocho años atrás, en la oficina de voluntariado de la Universidade da Coruña. Su primera tarea fue con la organización Aspanaes, con la que pasaba los fines de semana con personas con autismo. «Les ayudaba en el cuidado, el aseo, o simplemente estaba con ellos durante unas horas», recuerda. Ellos eran, entre otros, José Luis, Evaristo y Alex: «Me enseñaron que en la vida no todo tiene que regirse por las mismas reglas y que es necesario que utilicemos más la empatía para acercarnos y comprender a los que nos rodean».

El segundo paso fue crear un aula de informática en un centro de acogida para niñas, el Virgen del Carmen, una experiencia «corta pero muy gratificante». Y lo siguiente, dar clases de informática a personas en riesgo de exclusión social, de forma voluntaria. Todo antes de hacer el petate e irse a Guatemala: «Era la primera vez que salía del país y me iba, ni más ni menos, casi un año al otro lado del mundo sin saber con certeza lo que me iba a deparar».

Lo que se encontró fue un territorio de contrastes, de posibilidades y de realidades. «Guatemala es un país con un potencial increíble, por recursos naturales y por la capacidad humana, pero ha sufrido un conflicto armado durante 30 años que finalizó en 1996 y todavía se está viviendo una situación de posguerra que se está alargando en el tiempo». «Si sumas las grandes diferencias existentes entre ricos y pobres -añade-, el narcotráfico y las bandas juveniles, las maras, el país vive una situación de inseguridad que coarta las libertades de sus ciudadanos y también de todos los que trabajamos aquí».

Los cambios lentos

Ese contexto complica trabajar en el país. Y también darle la vuelta a las cosas. «Cuando estás dentro del mundo de la cooperación, conoces mucho más y te das cuenta de que los procesos son muy lentos y de que los cambios, si se perciben, son muy leves», dice Manuel. Lo nota en su trabajo, que tiene parte de oficina -el soporte informático de la sede de cooperación de la Aecid- y de terreno, con cuatro mancomunidades a las que asesora en cuestiones tecnológicas, de comunicación y gestión de la información. Eso también es cooperación en el tecnificado siglo XXI. «Las satisfacciones, tanto de la población local como tuyas, -apuesta- tarde o temprano llegarán».

Él lo sabe. Aunque para ello tenga que renunciar «a muchas cosas importantes en la vida y para asumir que, muy posiblemente, nada volverá a ser como antes», concluye.