«Si no nos quejamos nosotros, ¿quién lo hará?»

Esther Taboada

SOCIEDAD

14 dic 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Ayer licenciado, hoy graduado, mañana precariedad», una pancarta del salón central de la Autónoma de Barcelona recuerda el porqué de un encierro que va a entrar ya en la cuarta semana. El plan Bolonia ha traído a los estudiantes hasta aquí. «Con Bolonia se tiende a una mercantilización de la educación. Los estudios se orientan a las salidas laborales y no al conocimiento. Los grados, equivalentes a las actuales licenciaturas, bajan el nivel, te preparan para ser mano de obra y sumirte en la más pura precariedad laboral», explica pausadamente Edurne Bagué, estudiante de último año de Antropología, una del centenar de personas encerradas en la Central. Está sentada en uno de los bancos colocados en círculo donde se imparten charlas, se celebran coloquios y, también, las asambleas. El miércoles decidieron manifestarse por los sucesos ocurridos en Grecia. «La diferencia entre Grecia y aquí es que los griegos se quieren más y por ello quizás son más intolerantes ante un cambio que desvirtúe la educación», razona Edurne.

Aquí, en Barcelona, como en el resto de las movilizaciones que han tenido lugar en España, no se queman contenedores (como pasa estos días en Grecia). Pero los universitarios españoles creen que la oposición a Bolonia no es «una pataleta»; va más allá, dicen. «El capitalismo se está comiendo muchos derechos sociales y la educación es el punto final, ya que es el motor de cualquier cambio social», sostiene Javi, un mallorquín cuyos padres hacen números cada mes para que pueda estudiar Sociología en una ciudad tan cara como Barcelona. Y añade con ironía que los jóvenes de hoy han «aprendido a ser grandes economistas» por la situación que les ha tocado vivir.

A su lado, Sonia, cuenta algo parecido. Espera una beca que no llegará hasta febrero, y si la ayuda no es la máxima que contempla la ley, tendrá que ponerse a trabajar para poder costearse los estudios: «Con el plan Bolonia en marcha tendría que plantar la carrera porque, por su obligatoriedad asistencial y carga lectiva, se hace imposible poder compaginar una carrera con un trabajo». Esta alicantina comenta que vive con 400 euros al mes (300 para el alquiler, 50 para comida y otros 50 para materiales de Bellas Artes).

«Cuanta más crisis, en todos los aspectos, menos posibilidad de independencia. Por eso protestamos. Si nosotros los jóvenes no nos quejamos, ¿quién lo hará?», apunta Sonia mientras termina una dibujo que ha de presentar al día siguiente, en el se ven los molinos del Quijote.