Reportaje | La cara humana de la Ley de Dependencia Una joven de Porto do Son lleva más de tres años en coma y su familia sólo recibe del Estado 48 euros al mes; los padres han dejado el trabajo, su ciudad, su casa y su coche
28 abr 2007 . Actualizado a las 07:00 h.El 14 de diciembre del 2003 Ana Paz Santamaría, alumna de tercero de ESO en el IES de Porto do Son, fue atropellada en Xuño. La acompañaban dos amigas; una sufrió heridas de las que se recuperó, pero ella no ha vuelto a despertar y desde entonces permanece en estado vegetativo. En el Clínico pasó un mes en cuidados intensivos y casi cinco en planta. Después le dieron el alta y pasó al domicilio familiar. Su madre dejó de trabajar. Su padre pidió excedencias continuadas y no tiene previsto reincorporarse al trabajo. Ambos se dedican plenamente a atenderla, con ayuda de la hija mayor, de 22 años, que también se recupera psicológicamente del impacto. Otros familiares les apoyan y, a pesar de todo este esfuerzo personal, ha sido necesario contratar cuatro horas diarias a una trabajadora de una empresa especializada en asistencia domiciliaria. Cambio de casa y coche La vida de esta familia está centrada en Ana. Se trasladaron a Santiago para estar más cerca de los recursos médicos. «Como somos crentes, non deixamos de esperar un milagre», explica Ana, su madre. Cambiaron de coche y adaptaron el nuevo para poder transportarla. Compraron una silla especial, una grúa para que les ayudase a levantarla, un plano inclinado. Soportan las dificultades de residir en viviendas no pensadas para personas con estos problemas: aunque el piso donde viven ahora es amplio, en él no pueden usar la grúa por falta de espacio, y otras dificultades. Ahora construyen una vivienda adaptada, con puertas suficientemente anchas y otras características que les permitan «ter un pouco de comodidade», indica Juan, el padre de la joven. Y poder estar de nuevo con los suyos, con familiares y amistades, en Porto do Son. «Sabes que é como ter un bebé grande, hai que estar as 24 horas pendente. Non a podes deixar un instante, porque sempre hai o risco de que bostece e se morda, ou se atragante», explica su madre. Las noches las pasa bien, pero precisa fisioterapia diaria, cambios posturales cada cuatro o cinco horas como mucho para evitar llagas, y otros cuidados permanentes. La alimentan mediante una jeringa y pasean con ella por la calle siempre que el tiempo lo permite. Vivir de la indemnización La indemnización de la compañía de seguros es el soporte económico de esta familia, que está a la expectativa de posibles ayudas con la Ley de Dependencia. «Haberá xente en situación como a nosa, aínda que peor non. Porque Ana depende absolutamente para todo», dice su padre. Si fuese paralítica cerebral o sufriese una enfermedad crónica, tendría acceso a ayudas públicas que le están vedadas. La familia recibe 48 euros al mes y tiene descuentos en la compra de productos que financia la Seguridad Social, aunque no todos, porque, por ejemplo, las jeringas de alimentación no entran en las prestaciones y cuestan dos euros cada una, explica su madre: «Ata que teña 18 anos [faltan dos meses y medio] non pode ser pensionista, non entendo o porqué, e mentres hai que pagar por todo», explica.